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El fisioterapéuta

Viernes, Septiembre 5th, 2008

 

Para buscar una solución al persistente lumbago y dado que, pidiendo hora en julio, veré al “huesólogo” a mediados de octubre (la ss es así, rápida y eficaz) he buscado la ayuda de un fisio y sus acciones terapéuticas:

Estirar, retorcer, estrujar, juntar lo lejos con lo cerca que habría dicho mi madre, hacer de contrafuerte para apretar piernas y brazos en S, mover cabeza buscando con la cara la espalda hasta que el cuello hace clic, clic, clic (yo me acordaba de la niña del exorcista), ponte boca arriba, ponte boca abajo, la pierna por aquí, la cadera para allá, este pie no me gusta, tienes artrosis en la rodilla derecha, la cadera izquierda gira mal. Ya estoy sudando y le digo que seguramente no necesita ir al gimnasio.

Creí, en mi ingenuidad, que el tipo se iba a relajar cuando entró en la segunda fase:

- Estate quieta boca abajo, relájate.

Ahora me da un masajito, pienso yo,  y se lo perdono todo.

Pues no, me clavó los dedos hasta rozar el hueso donde se supone tengo la cuarta y quinta vértebras lumbares por sorpresa. Entendí la teoría del doctor Rosado. Y  engrasó la espalda con un aceite sin olor y se lanzó sobre mí como avión en aterrizaje tropezando doscientas veces en el nudo del dolor. Me acordé de su parentela unas cuantas veces mientras él decía “qué mala leche tengo”.  Para rematar la faena conectó a unos cables eléctricos con la idea de electrocutar ligeramente al origen del mal y finalmente me dejó bajo una lámpara de infrarrojos como huevo en incubadora, unos pajarillos cantaban.

Lista de espera

Sábado, Abril 19th, 2008

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Hay algo anómalo en mí. Llegan las vacaciones y me pongo mala. Físicamente enferma.
El segundo día de las vacaciones tenía un ligero lumbago. Ya no hago caso a mis leves dolores. Convivo con ellos estrechamente y les tengo confianza.
El quinto día no me pude levantar. Tenía incrustada una espada en la espalda, clavada en las lumbares. Mi doctora de la SS, como es lenta, quince días después de tomar posesión tenía un retraso acumulado de una semana, es decir, pides cita el día 23 y te dan para el 30.

Automedicación: miolastan,  ibuprofeno y protector del estómago. . Soy una experta.
Flotas colocada. ¡Guau! ¡Guau! Seguro que el ibuprofeno disuelve las espada antes de salir para Roma. Tres días después, luchando con el “Super” para poder moverme como una viejecita por casa, con la espada pinchando y si solución.
Mis billetes para Roma sobre la estantería.
Medidas extremas: la médica allí en la lejanía, recurro a los amigos. Vía internet le pregunto a un conocido, médico, qué puedo tomar. Quita el ibuprofeno y pon diclofenaco.

Mano de santo, oye. Me hice Roma en su compañía y conseguí curar, parcialmente, ya que tuvo otras repercusiones que no voy a explicar aquí porque son demasiado íntimas y sangrientas.

Molinica, como siempre, es mi pueblo, me acogió la doctora estaba allí, esperando mi visita:

- Vengo a toro pasado, ya no me duele nada pero necesito su consejo le dije.

He vuelto a tratar a los médicos de vd. porque entiendo que ellos, como a  mis colegas, se les ha complicado la vida, y últimamente son abofeteados por pacientes impacientes e iracundos. Ella, en mis tres minutos, que alargó hasta ocho (gracias, gracias),  me reenvió al servicio de ginecología.
Ya sé que existe el servicio de urgencias, pero un lumbago no es una urgencia, es sólo cuestión de química e inmovilidad.
“Al César lo que es del César”, me dan cita para el tocólogo para dos días después. ¡Oh, milagro! ¡Leches!

Sigamos hablando de médicos, que no de salud.

Domingo, Abril 13th, 2008

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Quesada Sanz en San Andrés, lugar donde habita mi ginecólogo/a de la SS. Iba yo contenta porque mi anterior ginecólogo, “el tío frío”, había traspasado el umbral de la jubilación. Las mujeres que hayan pasado por sus manos entenderán mi alegría.
 

El relato

 

Primera visita. Doctora “Amable” dixit: ” es posible que la hormona te esté abandonando (cosa lógica con la edad que una tiene) y necesites unas vitaminas hormonales que te ayudarán a pasar de puntillas sobre la premenopausia”. Un análisis de hormonas y vuelva vd mañana. La mujer te entiende y te escucha.
 

Segunda visita (análisis de hormonas en mano) Doctor X, dixit, “esto de mi compañera es innecesario y si tienes molestias te aguantas, no haber nacido mujer”(no lo dijo con estas palabras pero lo dio a entender). Servidora,  en descuerdo total con el sujeto sanitario, que ni te mira ni te escucha, caigo por la oficina del Defensor del Paciente donde una señora intenta desactivarme, como si fuera una bomba de relojería. La cosa queda en ver al titular del servicio para que ponga paz. Nueva cita para dentro de unos días.
 

Tercera visita. Se supone que vas a contarle tus penas al titular,  el hombre está en otro sitio, hace cursillo, está malito, se ha tomado el día libre (no te lo explican) te va a atender el mismo con el discutí. Y me voy sin entrar a la consulta Mañana perdida. Yo, muy rabiosa, ni siquiera paso por el defensor del paciente, total, para qué.
 

Después de tantas vueltas, enfilas al tradicional médico de pago y   les das una satisfacción porque en el fondo es lo que todos ellos desean, que no molestes. Te rascas el bolsillo y buscas una solución a algo que posiblemente no la tiene.

 

 Los años están ahí, y, como decía Mª Teresa Campos, “si después de los 50 no te duele nada es que te has muerto”.

 

 

Hoy, dos años después,  he vuelto a mi antigua consulta de la SS, creo que soy un pelín masoquista o muy tacaña. Allí estaba el titular del servicio, al borde de la jubilación, con la boca llena de dientes, una sonrisa tabaquera y un talonario de volantes para hacer de “to lo nacío”, que diría mi cuñada C.
Continuará…

La Seguridad Social

Martes, Abril 8th, 2008

Este es uno de mis temas favoritos para desvariar. Veinte años estuve bajo los cuidados del Dr C. hasta que salió de nuestras vidas por razones válidas para él pero nunca explicadas a nosotros (sus pacientes) y apareció otra doctora que tomó el encargo de nuestros achaques. La mujer ha durado poco, ya nos avisó ella que lo suyo era algo transitorio, como un estado de enajenación mental,  y hemos rebotado a otra señora médica que pasa consulta por las tardes. Este horario es ventajoso si se mira desde la perspectiva de la asistencia fiel al trabajo pero me he quedado sin la excusa favorita para no ir a trabajar: “Vengo del médico”.

Como la Seguridad Social anda escasa de médicos  en sus horarios planificados da tres minutos por paciente, tiempo que,  reloj en mano,  vuela  mientras tomas asiento y te remangas la camisa para que te tome la tensión, la mujer acumula retrasos. Esperé durante 105 minutos la primera vez que fui a consulta: el tiempo que dura una película, pero gratis, no pagué entrada.
Hubo película. Se podía cortar con cuchillo la impaciencia, los interrogantes sobre qué haría la doctora para ser tan lenta, paseos arriba y abajo del pasillo de pacientes impacientes, entradas de una joven claustrofóbica que decía no poder aguantar el encierro , marroquís que pretendían entrar porque su hora ya estaba cumplida aunque delante de ellos había seis personas cuyo plazo había caducado antes que el suyo, un niño con abuela y madre en trance de subirse a las barbas de los presentes entre gritos y carreras (nene, tate quieto) Incrustada en la silla aproveché para descansar y pasar del mundo,
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 No hay nadie que pida silencio, ni siquiera aquella enfermera de papel del consultorio de la Calle Mayor, cuando el ambulatorio era ambulatorio y no centro de salud.

En los antiguos consultorios de la SS había una enfermera con pinta de actriz de película  que pedía silencio. Las salas de espera, gallinero en el que se fumaba y se disponía de escupideras en los rincones, eran una jaula de grillos. Corría la leyenda de que mucha gente iba al ambulatorio a pasar el rato, buscando cháchara. Los hogares del pensionista no existían, ni los clubs del ama de casa, y encontrarte con los amigos mientras esperabas la receta y charlar en un lugar caliente era una oportunidad que había que aprovechar.
Hay costumbres difíciles de perder, pero intuyo que hoy no vamos a la consulta a charlar mientras esperamos la receta de aspirinas. El ruido de hoy es otro ruido.

 

 

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