Posts Tagged ‘salud’

¡Qué bonita es la seguridad social!

Miércoles, Mayo 6th, 2009

Alguien puede pensar que mi salud es un asco. ¿Visito demasiado al médico? Empiezo a pensar que sí, no porque las visitas sean muchas, es que no sirven para nada. Veintiséis años trabajando, ni una baja, y cuando los necesitas no están en su lugar.

En octubre de 2008 (ya son siete meses) metí la cabeza en el servicio de traumatología de la Seguridad Social buscando la solución a mis dolores de espalda. Me dolía la espalda y me sigue doliendo. Estoy en lista de espera.

Me he hecho a la dolencia y ante tanta indolencia, he buscado medios alternativos. Las manitas de mi fisioterapeuta favorito, que descoyunta y retuerce  cada quince días, me mantienen en activo. No es más caro que cenar unas tapas en un restaurante, y sigo trabajando, cosa que me gusta. Si dependiese del sistema sanitario llevaría un año de baja, sólo es cuestión de ir al médico de cabecera y poner cara de dolorosa.

El 28 de abril tuve la última consulta, con un médico rehabilitador que me ha concedido la gracia de  20 sesiones de fisioterapia por cuenta de la Seguridad Social. Ya me llamarán. Advirtió el doctorcito que esto mío es para siempre, que no tiene solución y que el fisioterapeuta probará para elegir la mejor maniobra que ponga en equilibrio la salud. Receta de jarabe de resignidad (resignación y tranquilidad) y unas pastillas de paciencia unido al argumento de que es una gran suerte disfrutar de los efectos del diclofenaco, entreví en ese mensaje que hay gente inmune a los efectos de los calmantes. Una tarde más echada a la basura.

Y en medio de este discurrir calmo del servicio, tienen conchas que les aíslan del sufrimiento ajeno, hablas y comentas tus males con otros colegas de enfermedad y todo el mundo te habla de aquel amigo que movió sus papeles en la lista de espera. Todos son listos y tienen un pariente o amigo que trabaja en el sector y que ha dedicado un ratico a tocar las cuerdas necesarias que tiran de él hacia adelante en la fila mientras yo me desplazo hacia atrás. Já, qué gracia.

Tengo el consuelo de pensar de que a los 50, si no te duele nada, es que te has muerto.

Piedras

Jueves, Enero 22nd, 2009
Castigado en el Morales

Castigado en el Morales

La experiencia sanitaria suele ser dolorosa y si es en la S.S. además por las razones obvias de la enfermedad por daños paralelos. Aún no se me ha pasado la impresión de estar en manos de unos desalmados perezosos.

“S” empezó un sábado creyendo que sufría una indigestión ¡de yogur! Y, después de tres días de ayunas y muchas manzanillas, empezó a pensar en otras posibilidades enfermantes. En tres días te pueden morder muchos dolores.

En Urgencias de Molinica, a las cinco de la mañana, el doctorcito le dice que ni pajolera idea,  que tire para el Morales. A las seis de la mañana el hospital está desierto. Su remedio inicial es un chute de Nolotil. Media hora de efecto en el limbo de los calmantes y una lipotimia para empezar, encerrados en un box. Según parece es natural que un calmante desplome la tensión.

Unos análisis de urgencia que no demuestran nada. Está sano como una manzana.

Sano como una manzana y bien jodido porque una hora más tarde el Nolotil dijo adiós. Segundo asalto y segundo doctor al ataque. “Como vd está tan sano le ponemos otro calmante y espera un ratito más, que ya se nos ocurrirá algo”.

El desmayo superado, así que al corral, se acabó el privilegio del box. Sentado en una silla de ruedas, “señora, póngase detrás que se va la silla” la percha de los goteros y a comunicar con otros, ¡qué bonita es la vida social!  En el corralico hay muchos sillones de skay, un hueco para camillas y conforme avanza la mañana, más gente y hasta televisión.

Creo que ponen en práctica el principio del hacinamiento comunitario bajo la influencia televisiva (un programa sobre salud que dan en la uno) para que puedas comprobar que siempre hay alguien que está peor que tú, ladinamente te advierte de que si te portas mal, todo puede ir a peor, como al viejo malhumorado que han atado a un gotero colgado de la pared (el gotero no el viejo) y espera, desde las diez de la noche, que se dignen a hacerle una ecografía. Son las nueve de la mañana. No sabemos si la mala leche que demuestra con su mujer viene de su natural agrio o se le ha ido desarrollando gracias a una noche asquerosa por cuenta del Servicio Murciano de Salud.

Sobre las once se les ocurre ya algo respecto a “S”, el viejo sigue allí castigado. El segundo chute ha hecho efecto, lento pero profundo. Unas radiografías podrían desvelar el misterio. Estoy inquieta porque la lentitud me exaspera. Estos tíos son lentos y pasotas. En el hospital de Molina, gestión privada, concierto con lo público, una radiografía te lleva diez minutos. La tele, al fondo, nos acompaña con recetas de cocina y el parte detallado del tiempo frío.

Es la una y media y no aparecen, es como si estuviesen pintando las radiografías al óleo. Mientras tanto los ves allí, alrededor del mostrador, hojeando un periódico, mirando sin ver a nadie, la única que parece mostrar actividad es una chica que nombra personas, de cuatro en cuatro, que tienen que pasar por el aparato.

El tiempo se ha parado y nos ha pillado en el paréntesis de la vida que impone lo hospitalario. Tú esperas que corran, que busquen una solución rápida, primero porque te duele, lo que sea, pero te duele, y segundo porque la vida de enfermo es una mierda ajena a los derechos y la actividad normal del ser humano.

Le ofrecen una comidita al hombre del malhumor. No quieren que se les muera de hambre después de catorce horas de espera.

Cuando voy a preguntar si han traspapelado las pruebas me dejan con la palabra en la boca y la tercera doctora de la mañana nos comunica los resultados.

Sí, ahí está, un pedrusco en un riñón. Puestos nombre y apellidos al origen del mal, ahora queda saber cuándo será el ataque para destruirlo. Nos permiten volver a casa con un carretón de calmantes y con la tranquilidad de que estas piedras no son un desorden psicológico como las 56 de la vesícula de Dña Anita.

De momento, con la navidad encima, alguien benévolamente nos ha aconsejado esquivar el hospital hasta superar el problema de las vacaciones, transcribo sus palabras: “Te puede pasar cualquier cosa”.

Petra dixit: “Tanto trabajar para esto”.

Resonancia

Jueves, Diciembre 11th, 2008
Una maldad

Una maldad

Todos los instrumentos musicales tienen caja de resonancia. Un espacio vacío, abierto ,cerrado,  o casi, que  tiene la virtud de ampliar el sonido que producen las boquillas, cuerdas o parches del objeto en cuestión. Sin ella el sonido sería un ruidito inaudible que solo haría disfrutar al ejecutante. Esto sería suficiente si la música se hiciese sólo para que el intérprete se regocije, pero lo cierto es que los ejecutantes, los buenos, no necesitan ejecutar, tienen la rara habilidad  de escuchar,  antes de hacer, la música en su cabeza. Ellos son así, listos, generosos.

Los científicos saben, en general mucho, que el sonido necesita un medio a través del cual hacerse oír. Existe por ahí la leyenda urbana de que el sonido no se expande en el vacío ya que carece de las partículas físicas necesarias que agitar. ¿será esto cierto?. Pues bien, los científicos médicos,  aprovechando esta cualidad agitadora de la materia que tiene el sonido, han inventado un ataúd  sonoro en el que  te encierran y te someten a una sesión de música “house ” que es capaz, en su agitación, de dejar huella de las piezas corporales que tienes chungas, porque te lo agitan todo, la música te atraviesa como te atraviesa el redoblar de los tambores en una procesión.

El viernes 5 cambié el concierto de la sinfónica de Almería (promúsica) por una sesión de música moderna dentro de una caja que bien podría haber sido una cápsula de hibernación de un astronauta de “2001, una odisea en el espacio”.

 Esta es la guinda al proceso de cuatro lumbagos, una visita al médico de cabecera, visita al ginecólogo, otra visita al médico de cabecera, quince encuentros con el fisioterapeuta, consulta al traumatólogo, un carretón de diclofenacos, y todo ello  en busca de un desperfecto que tengo en las vértebras en la zona donde la espalda pierde su honesto nombre y que posiblemente conseguí (premio a la torpeza) aquel día que  caí por la escalera del jardín y quebré un peldaño con el culo.

Ahora he aprendido a vivir con ello, un dolor persistente,  y sé que no puedo quedarme quieta sobre una silla más de dos horas y que no debo doblarme y poner las palmas de las manos sobre el suelo sin doblar las rodillas como siempre he podido hacer.

Esta historia no termina aquí porque conseguir esta prueba, que debe ser la tercera maravilla de la técnica, ha sido un proceso largo que empezó en julio con la doctora lenta, dio su primer paso en octubre con un traumatólogo juvenil del ambulatorio del Carmen, y que terminará cuando me entreguen los resultados de la sesión musical y pida cita de nuevo para que los interprete el huesólogo. Pedir cita supone como mínimo dos meses de nueva espera. Quizá en primavera conozca el desenlace.

Como diría  Petra: “Toda la vida trabajando para esto”.

El fisioterapéuta

Viernes, Septiembre 5th, 2008

 

Para buscar una solución al persistente lumbago y dado que, pidiendo hora en julio, veré al “huesólogo” a mediados de octubre (la ss es así, rápida y eficaz) he buscado la ayuda de un fisio y sus acciones terapéuticas:

Estirar, retorcer, estrujar, juntar lo lejos con lo cerca que habría dicho mi madre, hacer de contrafuerte para apretar piernas y brazos en S, mover cabeza buscando con la cara la espalda hasta que el cuello hace clic, clic, clic (yo me acordaba de la niña del exorcista), ponte boca arriba, ponte boca abajo, la pierna por aquí, la cadera para allá, este pie no me gusta, tienes artrosis en la rodilla derecha, la cadera izquierda gira mal. Ya estoy sudando y le digo que seguramente no necesita ir al gimnasio.

Creí, en mi ingenuidad, que el tipo se iba a relajar cuando entró en la segunda fase:

- Estate quieta boca abajo, relájate.

Ahora me da un masajito, pienso yo,  y se lo perdono todo.

Pues no, me clavó los dedos hasta rozar el hueso donde se supone tengo la cuarta y quinta vértebras lumbares por sorpresa. Entendí la teoría del doctor Rosado. Y  engrasó la espalda con un aceite sin olor y se lanzó sobre mí como avión en aterrizaje tropezando doscientas veces en el nudo del dolor. Me acordé de su parentela unas cuantas veces mientras él decía “qué mala leche tengo”.  Para rematar la faena conectó a unos cables eléctricos con la idea de electrocutar ligeramente al origen del mal y finalmente me dejó bajo una lámpara de infrarrojos como huevo en incubadora, unos pajarillos cantaban.

Tía abuela

Domingo, Julio 6th, 2008

bebés

He sido tía abuela, mi sobrino Manolo ha sido padre de un “Angelito”. Nos reproducimos.
Hace 28 años, allá por abril, su madre y yo preñadísimas, fuimos juntas a ver a nuestro ginecólogo particular. Andábamos cumplidas, los críos ya estaban cocinados y llamando a la puerta.
El ginecólogo, un tal Espinosa, nos dijo aquello tan amable de “nena, súbete ahí que te voy a mirar los bajos”. Decidió en aquel momento que estábamos de parto y nos envió al Hospital San Carlos a rematar la faena. Al borde del ataque de nervios visitamos a mi hermano Antonio en la universidad y él para calmarnos nos invitó a un café.
Siempre he barruntado que ella sí estaba a punto de caramelo, nada más llegar nos atiborraron de oxitocina, y casi se le cae el crío. Así nació Manolillo, por la vía rápida, a las dos de la tarde.
Carlitos se resistió unas horas, hasta las once no dio la cara. Yo no asistí a ese momento trascendente porque me anestesiaron. La anestesia es un paréntesis en la vida, menos mal… hubiese agradecido una tila o similar en el espacio previo porque me dio por insultar a los presente mientras tenía sensaciones de descoyuntarme por dentro. Quedó en evidencia lo mala persona que puedo ser y no está bien, ejerciendo la indiferencia médica, poner en ese trance de mala bestia a persona tan comedida como yo.
A los soldados, en la cartilla, les ponían “Valor: se le supone” porque nunca guerrean y no pueden demostrar la dosis de valentía que esconden -cosa que por otro lado hay que agradecer- , los doctores, que sí entran en batalla, deberían tener “humanidad demostrada”, aunque la mayoría se resisten, quedan a medio camino, suelen ser sujetos anestesiados frente al paciente, entonces, “humanidad: se les supone.
Los recién nacidos de aquel día que, gracias a la carambola práctica del doctorcito, nacieron en el mismo espacio tuvieron entre ellos una trabazón casi de hermanos, con sus habituales amores-odios, y han crecido tan bien que ya van siendo padres.
Enhorabuena Manolo.
Mañana 51.

MEDICAMENTOS

Martes, Mayo 6th, 2008

Tengo un papiloma plantar, recogido seguramente en la Santiago Vidal. Es pequeñajo y duro. Me he decidido a terminar con él antes de que desarrolle su puñetera culebrilla en el pie y la cosa vaya a más. Intento evitar el fastidio de aparcar mis tacones de diez centímetros.

El tratamiento es bien sencillo. Pillas al papiloma distraído en el pie, lo acorralas entre esparadrapo, lo bañas con verruguicida y según va agonizando, lo rebanas con ayuda de un bisturí. Paciencia, y días después has terminado con él.

Necesitaba una herramienta para llevar a cabo mi plan así que pasé por la farmacia del barrio de Corea para comprar el bisturí. La cola llegaba a la calle, cosa normal en esta instalación sanitaria y comercial.

El farmacéutico, un tipo campechano, y sus mancebos –unos seis- dan conversación a los clientes mientras despachan. Te explican c por b los detalles de la aplicación del medicamento, te pregunta por la salud, la de tus hijos y parientes, se preocupan por tu economía al recomendar genéricos antes que medicina de marca, incluso te cuentan sus experiencias con pócima similar. Así la cola se extiende como culebrilla de papiloma.

Esperando, observo, espío a los clientes. Una señora con niño preadolescente entrega un libro de recetas rojas, color de pensionista: Once en total. El mancebo sale minutos después con una torre de cajitas, tiene que recortar los precintos, pegarlos con cello en la receta, insacularlas, entregar a la señora, preguntar por la salud del enfermo, no cobra nada –los pensionistas no pagan.

Al menos éste va amortizando sus aportaciones a la Seguridad Social, aunque sea a costa de tener una salud lamentable, magro consuelo.

Nota histórica, posiblemente falsa.

Corea es el nombre no oficial, Molinica era un pueblo dado al mote, creo que se está perdiendo, del barrio de San Miguel. Cuando yo era pequeña, este barrio estaba en las afueras de Molinica. Hablamos del tiempo cercano a la guerra de Corea en los años cincuenta, país lejano, exótico, allí donde San Ignacio de Loyola perdió la sandalia y que era centro de las noticias, supongo, yo aún no había nacido. Vivir en ese barrio era como vivir en la otra parte del mundo. Humor molinero.

Utilizar el término insacular es pedante. Es un homenaje a quien tiene ovos de usar palabras nuevas y teóricamente caducas, aunque se equivoque.

Hipocondria

Lunes, Abril 21st, 2008

hipocondriaco

Cuando yo tenía diez años, Doña Anita se puso muy mala. Lloraba por los rincones y después daba alaridos de dolor. Las vecinas entraban como duendes en casa, secreteaban con ella cogiéndole la mano y quitándonos de enmedio. Al rato mi padre venía en la Vespa, escapado del trabajo, y llamaba a D. José F.

- Todo son nervios decía el doctor  a mi padre,  y se curaba en salud echando un vial de Buscapina en las venas de mi señora madre.

La Busca “penas”, localizaba el foco penoso, hablaba con las penas allí reunidas y las dejaba dormidas. Efecto seda, al rato a doña Anita  había vuelto a su natural agrio a la par que amoroso.
Lo que había empezado como un dolor ocasional tomó aposento permanente en mi madre y en mi casa. El doctor insistía en la cosa nerviosa:

- Anita ¿te has tomado la tila?, estás muy nerviosa le ponía el buscapinazo y se marchaba.

Nunca supimos cómo pero llegó un momento en que nos dijeron que iban a operar a la mamá. Me convertí en ama de casa durante veinte días, mientras ella estuvo en el hospital.

 Los nervios de mi madre, eran distintos a los del resto de los mortales, cincuenta y seis para ser exactos, duros como piedras, redondos, verdosos, y estaban en la vesícula biliar. Extraño lugar para el sistema nervioso. Ella los trajo en un frasquito de cristal. 

Mi madre era una mujer rara hasta en eso.

Lista de espera

Sábado, Abril 19th, 2008

forges2.jpg

Hay algo anómalo en mí. Llegan las vacaciones y me pongo mala. Físicamente enferma.
El segundo día de las vacaciones tenía un ligero lumbago. Ya no hago caso a mis leves dolores. Convivo con ellos estrechamente y les tengo confianza.
El quinto día no me pude levantar. Tenía incrustada una espada en la espalda, clavada en las lumbares. Mi doctora de la SS, como es lenta, quince días después de tomar posesión tenía un retraso acumulado de una semana, es decir, pides cita el día 23 y te dan para el 30.

Automedicación: miolastan,  ibuprofeno y protector del estómago. . Soy una experta.
Flotas colocada. ¡Guau! ¡Guau! Seguro que el ibuprofeno disuelve las espada antes de salir para Roma. Tres días después, luchando con el “Super” para poder moverme como una viejecita por casa, con la espada pinchando y si solución.
Mis billetes para Roma sobre la estantería.
Medidas extremas: la médica allí en la lejanía, recurro a los amigos. Vía internet le pregunto a un conocido, médico, qué puedo tomar. Quita el ibuprofeno y pon diclofenaco.

Mano de santo, oye. Me hice Roma en su compañía y conseguí curar, parcialmente, ya que tuvo otras repercusiones que no voy a explicar aquí porque son demasiado íntimas y sangrientas.

Molinica, como siempre, es mi pueblo, me acogió la doctora estaba allí, esperando mi visita:

- Vengo a toro pasado, ya no me duele nada pero necesito su consejo le dije.

He vuelto a tratar a los médicos de vd. porque entiendo que ellos, como a  mis colegas, se les ha complicado la vida, y últimamente son abofeteados por pacientes impacientes e iracundos. Ella, en mis tres minutos, que alargó hasta ocho (gracias, gracias),  me reenvió al servicio de ginecología.
Ya sé que existe el servicio de urgencias, pero un lumbago no es una urgencia, es sólo cuestión de química e inmovilidad.
“Al César lo que es del César”, me dan cita para el tocólogo para dos días después. ¡Oh, milagro! ¡Leches!

Sigamos hablando de médicos, que no de salud.

Domingo, Abril 13th, 2008

ginecologop.jpg 

Quesada Sanz en San Andrés, lugar donde habita mi ginecólogo/a de la SS. Iba yo contenta porque mi anterior ginecólogo, “el tío frío”, había traspasado el umbral de la jubilación. Las mujeres que hayan pasado por sus manos entenderán mi alegría.
 

El relato

 

Primera visita. Doctora “Amable” dixit: ” es posible que la hormona te esté abandonando (cosa lógica con la edad que una tiene) y necesites unas vitaminas hormonales que te ayudarán a pasar de puntillas sobre la premenopausia”. Un análisis de hormonas y vuelva vd mañana. La mujer te entiende y te escucha.
 

Segunda visita (análisis de hormonas en mano) Doctor X, dixit, “esto de mi compañera es innecesario y si tienes molestias te aguantas, no haber nacido mujer”(no lo dijo con estas palabras pero lo dio a entender). Servidora,  en descuerdo total con el sujeto sanitario, que ni te mira ni te escucha, caigo por la oficina del Defensor del Paciente donde una señora intenta desactivarme, como si fuera una bomba de relojería. La cosa queda en ver al titular del servicio para que ponga paz. Nueva cita para dentro de unos días.
 

Tercera visita. Se supone que vas a contarle tus penas al titular,  el hombre está en otro sitio, hace cursillo, está malito, se ha tomado el día libre (no te lo explican) te va a atender el mismo con el discutí. Y me voy sin entrar a la consulta Mañana perdida. Yo, muy rabiosa, ni siquiera paso por el defensor del paciente, total, para qué.
 

Después de tantas vueltas, enfilas al tradicional médico de pago y   les das una satisfacción porque en el fondo es lo que todos ellos desean, que no molestes. Te rascas el bolsillo y buscas una solución a algo que posiblemente no la tiene.

 

 Los años están ahí, y, como decía Mª Teresa Campos, “si después de los 50 no te duele nada es que te has muerto”.

 

 

Hoy, dos años después,  he vuelto a mi antigua consulta de la SS, creo que soy un pelín masoquista o muy tacaña. Allí estaba el titular del servicio, al borde de la jubilación, con la boca llena de dientes, una sonrisa tabaquera y un talonario de volantes para hacer de “to lo nacío”, que diría mi cuñada C.
Continuará…

La Seguridad Social

Martes, Abril 8th, 2008

Este es uno de mis temas favoritos para desvariar. Veinte años estuve bajo los cuidados del Dr C. hasta que salió de nuestras vidas por razones válidas para él pero nunca explicadas a nosotros (sus pacientes) y apareció otra doctora que tomó el encargo de nuestros achaques. La mujer ha durado poco, ya nos avisó ella que lo suyo era algo transitorio, como un estado de enajenación mental,  y hemos rebotado a otra señora médica que pasa consulta por las tardes. Este horario es ventajoso si se mira desde la perspectiva de la asistencia fiel al trabajo pero me he quedado sin la excusa favorita para no ir a trabajar: “Vengo del médico”.

Como la Seguridad Social anda escasa de médicos  en sus horarios planificados da tres minutos por paciente, tiempo que,  reloj en mano,  vuela  mientras tomas asiento y te remangas la camisa para que te tome la tensión, la mujer acumula retrasos. Esperé durante 105 minutos la primera vez que fui a consulta: el tiempo que dura una película, pero gratis, no pagué entrada.
Hubo película. Se podía cortar con cuchillo la impaciencia, los interrogantes sobre qué haría la doctora para ser tan lenta, paseos arriba y abajo del pasillo de pacientes impacientes, entradas de una joven claustrofóbica que decía no poder aguantar el encierro , marroquís que pretendían entrar porque su hora ya estaba cumplida aunque delante de ellos había seis personas cuyo plazo había caducado antes que el suyo, un niño con abuela y madre en trance de subirse a las barbas de los presentes entre gritos y carreras (nene, tate quieto) Incrustada en la silla aproveché para descansar y pasar del mundo,
th_20061022161229-enfermera_silemcio.jpg 

 No hay nadie que pida silencio, ni siquiera aquella enfermera de papel del consultorio de la Calle Mayor, cuando el ambulatorio era ambulatorio y no centro de salud.

En los antiguos consultorios de la SS había una enfermera con pinta de actriz de película  que pedía silencio. Las salas de espera, gallinero en el que se fumaba y se disponía de escupideras en los rincones, eran una jaula de grillos. Corría la leyenda de que mucha gente iba al ambulatorio a pasar el rato, buscando cháchara. Los hogares del pensionista no existían, ni los clubs del ama de casa, y encontrarte con los amigos mientras esperabas la receta y charlar en un lugar caliente era una oportunidad que había que aprovechar.
Hay costumbres difíciles de perder, pero intuyo que hoy no vamos a la consulta a charlar mientras esperamos la receta de aspirinas. El ruido de hoy es otro ruido.

 

 

tate-quietpq.jpg