Resonancia
Jueves, Diciembre 11th, 2008Todos los instrumentos musicales tienen caja de resonancia. Un espacio vacío, abierto ,cerrado, o casi, que tiene la virtud de ampliar el sonido que producen las boquillas, cuerdas o parches del objeto en cuestión. Sin ella el sonido sería un ruidito inaudible que solo haría disfrutar al ejecutante. Esto sería suficiente si la música se hiciese sólo para que el intérprete se regocije, pero lo cierto es que los ejecutantes, los buenos, no necesitan ejecutar, tienen la rara habilidad de escuchar, antes de hacer, la música en su cabeza. Ellos son así, listos, generosos.
Los científicos saben, en general mucho, que el sonido necesita un medio a través del cual hacerse oír. Existe por ahí la leyenda urbana de que el sonido no se expande en el vacío ya que carece de las partículas físicas necesarias que agitar. ¿será esto cierto?. Pues bien, los científicos médicos, aprovechando esta cualidad agitadora de la materia que tiene el sonido, han inventado un ataúd sonoro en el que te encierran y te someten a una sesión de música “house ” que es capaz, en su agitación, de dejar huella de las piezas corporales que tienes chungas, porque te lo agitan todo, la música te atraviesa como te atraviesa el redoblar de los tambores en una procesión.
El viernes 5 cambié el concierto de la sinfónica de Almería (promúsica) por una sesión de música moderna dentro de una caja que bien podría haber sido una cápsula de hibernación de un astronauta de “2001, una odisea en el espacio”.
Esta es la guinda al proceso de cuatro lumbagos, una visita al médico de cabecera, visita al ginecólogo, otra visita al médico de cabecera, quince encuentros con el fisioterapeuta, consulta al traumatólogo, un carretón de diclofenacos, y todo ello en busca de un desperfecto que tengo en las vértebras en la zona donde la espalda pierde su honesto nombre y que posiblemente conseguí (premio a la torpeza) aquel día que caí por la escalera del jardín y quebré un peldaño con el culo.
Ahora he aprendido a vivir con ello, un dolor persistente, y sé que no puedo quedarme quieta sobre una silla más de dos horas y que no debo doblarme y poner las palmas de las manos sobre el suelo sin doblar las rodillas como siempre he podido hacer.
Esta historia no termina aquí porque conseguir esta prueba, que debe ser la tercera maravilla de la técnica, ha sido un proceso largo que empezó en julio con la doctora lenta, dio su primer paso en octubre con un traumatólogo juvenil del ambulatorio del Carmen, y que terminará cuando me entreguen los resultados de la sesión musical y pida cita de nuevo para que los interprete el huesólogo. Pedir cita supone como mínimo dos meses de nueva espera. Quizá en primavera conozca el desenlace.
Como diría Petra: “Toda la vida trabajando para esto”.






