
Aún es invierno, aún hace frío. El jardín está vivo. Hay algún brote verde real y tangible en forma de pequeña hoja o manojos de hierba floreciente salida de bulbo.
Elenita me regaló hace un par de años unos bulbos holandeses. Colocados en el jardín en tiempo y forma sucumbieron a la dureza del terreno y al apetito de los caracolas terrestres. Un desastre. Desde entonces declaré la guerra a la caracola invasora ( Rumina decollata) y, aunque se me revolvían las tripas cada vez que pisaba uno -crassshhhh- he demostrado mi lado más vengativo.

Soy precaVida y ni se me ocurrió lanzar los bulbos de esta temporada sobre la tierra del jardín porque las caracolas deben estar ahí escondidas, así que los pusimos sobre tierra nueva traída de la huerta de Mercedes, rica en lombrices pero sin caracolas y…. ¡helas aquí!, las tiernas florecillas del campo.
Esta es una de esas tonterías que me hacen feliz.
Me he dado cuenta que no he dicho nada sobre el carnaval.