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Italia. Voy terminando.

Lunes, Diciembre 31st, 2007

El último día en Florencia fue un día de retrasos. Nos levantamos tarde, salimos tarde de Certaldo, llegamos tarde a Florencia, comimos tarde, llegamos tarde al mercado de las pulgas en la plaza de la Santa Croce, que ya no estaba aunque bien pensado, cuando uno anda de vacaciones los retrasos no existen ya que nadie te espera.
Lo mejor de Florencia, después de los Ufizzi  fue la catedral: Santa María dei Fiore.
Desde fuera y desde dentro es enorme, la cúpula de Brunelleschi colosal, se te viene encima si entras por la calle adecuada. Hay gente que tiene la voluntad de subir los escalones hasta la base del tejado de la cúpula y  se merece una medalla. Allí estaban como hormiguicas a pie de teja.
Dentro,  la cúpula inundada de luz natural de la linterna te fascina, los frescos son una masa de gente en movimiento  que viven en los distintos estratos del cielo. Una casa de vecinos  bien avenidos sobre nosotros. En el cielo, ya se sabe, paletadas de buen rollito.

Y la cosa no queda ahí, la catedral da para mucho y,  con el  paso de los años,  se ha desprendido de parte de su obra: esculturas, pinturas, balaustradas, columnas que.  por su colocación al aire libre en la fachada,  se deterioraban rápido o elementos decorativos que por una reforma dentro de la catedral han sobrado.
Muy acertadamente no se han deshecho de ellos, los han colocado en el Museo de l´ Opera del Duomo: la Piedad de Miguel Ángel, la balconada  del coro de Donatello que representa un grupo de niños cantores en previsión  de que los titulares de la escolanía no se presenten, la Magdalena del propio Donatello (una estatua muy moderna) y además los bajorrelieves  originales de las puertas del baptisterio  de la catedral de Ghiberti, tallados en madera y recubiertos de papel de oro. Todo está allí, protegido, ordenado, limpio. Me gusta especialmente de este museo la exposición sobre la historia de la construcción de la catedral: convocatorias de concursos, planos, maquetas, herramientas de construcción, materialesUna visión distinta.

De vuelta a casa, de nuevo nos espera el ferry Grimaldi, llegamos a un singular espacio. Si en Murcia existe la Manga, en Italia existe Orbetello, una península unida a la bota con tres cintas de tierra entre las que hay dos lagunas saladas y una marisma. Lugar de veraneo, muy turístico (teclea Orbetello en google y verás que los links de las primeras páginas son hoteles, hoteles, hoteles).
Parece ser que la zona tuvo relación con la monarquía hispánica durante un tiempo, relación de ¿vasallaje?. http://es.wikipedia.org/wiki/Estado_de_los_Presidios

Orbetello en invierno está muerto, como la Manga, pero tiene catedral, abierta en esos momentos porque hay un funeral. Pudorosamente no entramos, les dejamos en su ceremonia. Intuyo que Orbetello tiene mucha más historia escrita que la Manga.
Comemos baratísimo en una taberna muy concurrida. Todo está soso, pero sirve para rellenar el estómago sin mucha exigencia. Con  hambre no hay pan duro.
El ferry se hace llevadero si te llevas lectura, duermes y te relajas. Terminé la basurilla de libro de “La historiadora” y me lancé algo muy apropiado para leer en barco: “Corsarios del levante” de Pérez Reverte (hagamos patria).  Aprovechamos el ferry para descansar intensamente ya que pensábamos, una vez en tierra firme, tomar carretera y manta hasta Molinica del Señor, cosa que hicimos.
¡Ay!. ¡Mi casa!

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Santa Maria dei Fiori. Catedral de Florencia.

Puente Viejo, el paraiso de la joya.

Orbetello, plaza del ayuntamiento.

Orbetello, placa del puerto donde se nombra Los Alcázares (me da un ataque de murcianidad)

 

Italia en 100 items: (del XCI al C) Florencia, San Gimignano,

Domingo, Diciembre 30th, 2007

XCI. En pocos minutos se llena la galería, a ritmo de paso bajo el detector de metales y bombas. Su aspecto es el de una oficina con miles de solicitantes. Realmente este palacio fue la sede administrativa de los Medici, las oficinas. La galería existe en el sentido literal, en el último piso, un espacio acristalado, un paseo interior con cientos de cuadros y esculturas acumuladas por la familia Medici. Un baño de pintura, los cuadros de mi infancia, los que me explicaron cuando hice el bachillerato, los Boticelli, da Vinci, Rafael, Perugino en medio de una decadencia incierta.

XCII. Comer en la hostería “Il desco” fue una tortura lenta. Tenemos las entradas compradas para L´Academia, con hora fija. Junto a nuestra mesa un grupo de mujeres de edades varias nos vuelven locos. Nunca se callan, los italianos nunca se callan.

Prisa sin cuento porque llegamos a L´ Academia y no hay  cola esperada. Nos cruzamos con unos trescientos japoneses en la calle que siguen una banderola amarilla.  El “David” de Miguel Ángel sigue siendo hermoso, cabezón y macizo. La luz artificial no le favorece. Cuando lo vi hace quince años, de día, con luz natural, se nota que es una escultura para la calle.

XCIII. Florencia hierve y nosotros, es sábado tarde, compramos cosillas en un supermercado popular: pan forte sienés (una masa de azúcar, frutos secos y frutas confitadas muy alimenticio) y mortadela modelo sábana, otra vez. Los italianos comen mortadela porque el jamón a la par que malo es carísimo. A mí me gusta la mortadela, le encuentro un encanto especial, no sé si debido al sabor o a que te haces la ilusión de comerte un traje de flamenca rosa y blanco.

XCIV. San Gimignano nos llama, citado en todas las guías es un pueblo medieval turístico sobre colina. Me recuerda mi etapa de criadora accidental de periquitos. Los pájaros peleaban a pico partido por ganar los palos más altos de la jaula, la altura debía ser un símbolo de status. ¿Dónde está el paralelismo? San Gimignano, según algunas guías llegó a tener 64 torres de diferentes alturas. Los vecinos acaudalados competían entre sí en la altura de las torres que podían construir. Torre más alta, mayor inversión, mayor estatus como los periquitos.

XCV. El subibaja de las cuestas termina por agotarnos. Lo interesante del pueblo es  su aspecto medieval, como de película. ¿qué películas se han rodado en este pueblo?

La mayoría de los restaurantes están cerrados, noviembre es temporada baja y aprovechan para tomar vacaciones. Comemos en un restaurante compartiendo todo el espacio con una familia inglesa y dos camareros que evidentemente están a la greña por motivos misteriosos. La comida está buena pero la tensión es desagradable.

 XCVI. Por la tarde, después de descansar, decidimos entrar en el museo cívico. 3,5 € por visitar el arqueológico, la especiería de Santa Fina y la Galería de Arte Moderno, todo en uno.
Estaba saturada de la cosa arqueológica, así que miré sólo por encima, los restos de lápidas, las urnas funerarias (lo que se mueren los italianos), las cerámicas la especiería es otra cosa: el conjunto de envases, herramientas, productos y usos que hicieron funcionar la farmacia del hospital de Santa Fina durante siglos. Una exposición única, curiosa y rara.
Que santa Fina sea titular de un hospital viene como anillo al dedo, para entenderlo, lee su biografía.

XCVII. Curioso es también que un pueblo de sólo 7000 habitantes tenga un museo de arte moderno consolidado a partir de la colección particular de un pintor local. algunas obras son francamente buenas, me pareció una magnífica idea colocar sofás en los rincones del museo. Vive dios, ¡hay gente caritativa en este mundo! .

Hay una estrecha relación entre la pintura y la Toscana. El paisaje, pintable cien por cien, llama a pintores que se establecen aquí en talleres y tiendecicas que exponen y venden su obra. Copias y copias del paisaje toscano pasadas por el tamiz de los colores pastel o lo artísticamente pastelero.

XCVIII. Como volvemos temprano utilizamos el funicular para subir a Certaldo alto. El tren escalera es manejado a distancia y parece el tren fantasma. Vamos solos. Otra ciudad de aspecto medieval, ahora a la luz de las farolas. El conjunto es algo lúgubre, las calles están vacías, comercios y bares cerrados.
Certaldo tiene el honor de ser la cuna  de Boccaccio sí, sí, sí, aquel que escribió  ”El Decamerón” y si abrís la página de wikipedia, bastantes más cosas, sólo que el “Decamerón” fascina por aquello de los cuentos pícaros y picantes. Es que el sexo mueve el mundo. J

IC. Desde hace días me ronda la idea de comprar una cerámica toscana. Frutas de colores rabiosos y vidriado resplandeciente: carísisisissima, me quedaré con las ganas.

C. Aún estuvimos un día más en Florencia. Y.. es verdad, sí, nos levantamos tarde, se nos escapó el tren de las diez por tres minutos y , para más INRI, la dinámica de tren cada hora se rompe justamente entre la diez y las doce, a la una estábamos en Santa María Novella.  Tiempo justo para subir a la plaza del “David” en taxi si se nos ocurre subir andando aún estamos en ello-, un mirador sobre los tejados y cúpulas de Florencia, cruzarnos con una boda de japoneses con limusina blanca (los japoneses son surrealistas per se), hacernos unos cientos de fotos y empezar a buscar los jardines Boboli, que encontramos relativamente. La duda sobre su extensión  y el sentido práctico, lo que yo llamo “turismo amable” no llevó hasta el puente Vecquio  y después hasta la trattoria Nella, donde comimos bien y mal: bien porque la comida está buena,  y mal porque el dueño y sus amigos se empeñaron en hablar, hablar, hablar, hablar, en italiano (los muy jodíos). Tanta palabra me obliga al  esfuerzo de sopar, de intentar entender qué dicen, y eso es un trabajo titánico incompatible con el acto de comer con calma.
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La galeria de los Ufizzi, foto robada con móvil.

San Gimignano, torres.

Certaldo bajo visto desde el funicular.

Boda japonesa en el mirador de la plaza del David en Florencia.

Italia en cien items (del LXXXI al XC) Siena tostada

Miércoles, Diciembre 26th, 2007

LXXXI. No os podéis imaginar lo que me gusta Siena, es uno de los lugares en que me podéis buscar si desaparezco. Animación seria en las calles, ciudad impoluta, silenciosa y bien cuidada. Es verdad que no he estado en el guirigay del Palio, seguramente en ese trance me parecería odiosa. Hay mucho turista en esta ciudad a pesar de la temporada baja, el frío y la lluvia. No quiero ni pensar cómo será esto en verano.
 

LXXXII. Según he leído por ahí, Siena ha sido siempre una ciudad industriosa, ha pesado en ella más la burguesía que la nobleza. Hace quince años estuve en aquí, en la piazza del Campo, con los chicos de mi colegio, dejó un recuerdo fantasioso porque esta plaza es más pequeña de lo que yo creía, y a pesar de eso me parece una de las plazas más originales que se puede ver: la inclinación del suelo, los edificios circundantes, la fuente de la loba… Cuando pintaba, algo que quizá vuelva a hacer algún día, tenía un color favorito, marrón vegetal sano, “siena tostada”. ¡Qué color!.
 

LXXXIII. El patio del palazzo Público está abierto a los visitantes, peces en fotos, exposición temporal. La mejor vista la encuentras mirando al cielo, el contraste de la torre y el azul gris de este día nublado. Chispea.
 

LXXXIV. Caminando hacia la catedral, entre otros turistas, entramos en la taverna del Capitano. Tomamos dos versiones de pasta y un estofado de ternera untuoso, aromatizado con hierbas que no puedo desglosar, muy rico. “Io parlo muy bien l´español” nos dice el camarero. Verdá de la Buena.
 

LXXXV. La catedral en restauración continua, andamios en el lateral derecho está ahí, más blanca que otra cosa auque combina distintos tonos de mármo, blanca de mármoles, serena por fuera, agitada de colores y piedras  por dentro, es la mayor sorpresa de este viaje.
 

LXXXVI. El interior es oscuro, no por falta de luz que entra desde el techo generosamente insuficiente, esponjada por el negro mármol que combinado con blanco, viste las paredes, las columnas, el suelo. Los frescos, el púlpito, las linternas, los exvotos, la gente maravillada.
El suelo protegido en su mayor parte por cordones y planchas de madera de las pisadas de la avalancha de visitantes es una taracea de mármoles que representa escenas bíblicas y mitológicas. No hay un espacio vacío.
 

En la biblioteca frescos de vivos colores, esculturas y libros corales. Hay demasiada gente, nos obligan a recorrerla sobre un camino circular cerrado, tiovivo turístico.
En toda la catedral se repiten los cuadros y los frescos donde no hay un personaje predominante, el conjunto, la masa, la acción común es lo importante, quizá resultado del carácter burgués de esta ciudad.
 

LXXXVII. Como el cansancio se acumula decidimos volver temprano a Certaldo. Estamos ahítos de piedras después de la impresionante catedral. La singularidad de los transportes públicos italianos nos la vuelve a jugar, en plaza Garibaldi, allí donde hay una masa de gente con maleta nos apostamos y subimos al mismo autobús que cogimos por la mañana, y, nos la vuelven a jugar. El recorrido de ida no es el mismo que de vuelta y conseguimos de nuevo terminar el trayecto y quedar perdidos en un barrio del extrarradio sienés. ¡Mamma mía!

El conductor nos indica que atravesando el parque llegaremos a una parada del autobús X que nos llevará a la estación. Hombre amable castigado a descansar una hora en un descampado oscuro.
 

LXXXVII. Conseguimos subir a un tren regional, sólo dos vagones. Nuestro billete de ida y vuelta en el bolsillo. El revisor hace bajar del tren a un tipo con aspecto magrebí porque no ha ticado su billete. Nosotros tampoco lo hemos hecho y sus siguientes víctimas somos nosotros.

 ¡ Glupss!.

El trato es algo distinto, nos enseña un papelico en varios idiomas que advierte de la ilegalidad de no ticar los billetes, hace alarde de posible multa, pero al final todo queda en el rapapolvos. Un chico español en los asientos de enfrente nos explica, con cara de resignación porque él ha sido la anterior víctima, la utilidad de la norma: un billete de tren en Italia sirve para tres meses, tiene una fecha de compra y otra de utilización. Eso alienta la picaresca ya que algunos llevan un billete que usan y vuelven a usar. En fin.
 

LXXXVIII. Hemos acumulado una maleta de ropa sucia y otra de folletos y libros comprados amorosamente en cada museo e iglesia visitados. Mi biblioteca ha crecido. Bien.
 

LXXXIX. Tengo una duda razonable sobre cómo escribir este número romano correctamente, creo que incumple la norma de sólo tres letras iguales en cada número. ¿Alguien me aclara cómo se escribe?

 

XC. Santa María Novella es la estación de Florencia. Está muy cerca de todo, andando llegamos en quince minutos al mogollón, aún no son las diez de la mañana y las calles históricas están repletas de gente. Tenemos las entradas para la galería de los Uffizzi, comprarlas anticipadamente te evita una cola inmensa, tanto que en verano es posible que no tengas la opción de entrar al museo.
Mientras esperamos Seve pega la hebra con una señora americana, su english funciona.

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Plaza del Campo.

 Catedral de Siena, adosado el tradicional andamio.

Frescos de la biblioteca en la catedral.

Calcando el suelo.

Italia en cien items ( del LXXI al LXXX) L´Umbría

Lunes, Diciembre 24th, 2007

LXXI. Montefalco, balcón sobre el monte, el monte, el monte. Vive del vino y el aceite. L´Umbria es campo puro y limpio, un damero de viña, oliveras, cereal, pulcramente compuesto. Los alojamientos rurales brotan como hongos de otoño y entendemos que este sistema completa la economía agrícola. Se ofrece un paisaje que en otoño es un esbozo de la explosión primaveral. Montefalco no sale en las guías y damos antes de salir hacia la Toscana.

LXXII. Momias en Montefalco. Sube la cuesta, Lolica, que llegaremos a algún sitio. En la iglesia de Santa Clara,  después de ver un fresco de “La matanza de los inocentes” (habremos visto unas quince versiones distintas del mismo), nos cruzamos con L´Españolo y con Santa Clara de Montefalco, ambos encerrados en urnas de cristal. Ella, si santa milagro habrá a sus espaldas oculta tras sus ropas. L´ españolo recostado con la espalda encorvada reposa, no se le conocen milagros, su mayor mérito es haberse transformado en cuero sobre hueso. La leyenda dice que apareció muerto una mañana en la calle. No es de extrañar que esté tan bien conservado, en Montefalco hace frío seco y así cualquiera.  

LXXIII. La iglesia museo de San Francisco es un laberinto medieval, renacentista, barroco. En el sótano se mantiene la instalación vinícola de los franciscanos: vino sagrantino. Traducimos sin esfuerzo, el italiano cada vez se nos da mejor, la normativa municipal que regía la producción vinícola desde la edad media. En este trance, alguien pega la hebra con nosotros para vendernos la moto de que el vino de Montefalco es mejor que Rioja y Ribera de Duero (mi favorito se admiten regalos) cosa que está por comprobar.

LXXIV. Para resolver la diatriba nos compramos una docena de botellas de vino de Montefalco de precio medio. Aún seguimos contrastando la calidad con el Ribera, y sigo prefiriendo el del Duero (Vivan los productos nacionales). Medio litro de aceite de Montefalco: siete euros. Buenísimo, la boca llena de olivas.

LXXV. La Toscana aparece en muchas novelas y películas, fascina a los angloparlantes. Les alabo el gusto pero prefiero el paisaje de La Umbría.  Toscana es más seca, más tosca. (perdón por el burdo juego de palabras). Mil curvas más allá encontramos Montepulciano, son las tres de la tarde y los restaurantes están cerrados. Tengo hambre, tengo mucha hambre. Dos intentos fallidos, a la tercera en “La cantina de Baco”, restaurante, tienda de vinos y embutidos nos dan de comer. Bruscetas (tostada) y pasta con tartufo. Saben a gloria, las chicas son muy amables.

LXXVI. Un grado en la calle. Queremos ver la plaza comunale y el duomo. Sube la cuesta. Casi de noche, nos encontramos una mesa de recogida de firmas de “Forza Italia” el partido de Berlusconi. Me excuso con la españolidad para no poner el garabato. Un día más tarde Belusconi se refunda a sí mismo después de algún lifting y otro reimplante capilar y muchos disgustos postelectorales. Yo nunca votaría a un político siliconado, reestirado.  

LXXVII. El sol se aleja y se lleva grados. La plaza comunale es un espacio abierto donde nos encontramos con la catedral (cerrada), el museo de la ciudad (cerrado) y el ayuntamiento (cerrado). El vino es muy importante para Montepulciano y la cooperativa vinícola está abierta, no entramos, ya tenemos suficiente vino con el de Montefalco.  No siento las orejas, ¡joder!, ¡qué frío!. Una ciudad de aspecto muy antiguo y pulcro. Esta ciudad, y otras muchas de la Toscana, muestran una vejez como la que yo deseo. Cumplir años y seguir estando muy vivo. La vejez de las casas no ha rendido a los vecinos, no hay decrepitud ni ruina, las casas se rehabilitan, se modernizan, se hacen cómodas. Reciclaje aplicado y muy rentable a la larga.

LXXVIII. Seguimos rumbo a Certaldo. De noche, de frío: hotel Certaldo. Nuevo, impecable, vacío y muy agradable. . A cinco minutos de la estación. Somos cinco clientes en el hotel. Te permiten desayunar hasta las doce de la mañana. ¡Qué comprensivos! Una chica muy joven nos recibe con una sonrisa alegre.

LXXIX. Certaldo es una ciudad  en alto y bajo comunicada  por un funicular.  A medio camino de Florencia y Siena. Una hora en tren hasta Florencia, treinta y cinco minutos hasta Siena, trenes cada hora. Billete de ida y vuelta entre dos y tres euros.
Lo viejo de Certaldo está en lo alto, lo nuevo, construido en llano sobre cuadrícula, práctico orden para facilitar el tráfico y la industria.

LXXX. El tren llega puntual, a las diez de la mañana, rumbo a Siena. Animado el trenecico. Frente a nosotros un tipo que atiende unas diez llamadas de teléfono. La estación es un barullo inmenso. Buscamos un autobús que nos lleve a la plaza Garibaldi, casi en el centro. La relación de Garibaldi con las comunicaciones se repite, igual que en Nápoles. Recogemos la lista de autobuses que luego nos devuelva a la estación, una lista que no nos servirá de nada.
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L´Espagnolo. Pobre momia.

Montepulciano, vista desde uno de sus balcones.

Certaldo alto a la luz de la escasa farola.

Italia en cien items (del LXI al LXX). L´Umbría. ¡Qué frío!

Jueves, Diciembre 20th, 2007

LXI. Y todo a media luz. Por cada tres farolas callejeras españolas hay una en Italia. De noche, entre las “frazzione” de Montefalco, el campo umbro está así, oscuro como boca de lobo. Despertar en Villa Zuccari, y contemplar al fondo los montes llenos de nieve fue sorprendente. Desayunamos solos, comprobamos que somos los únicos clientes del hotel.

Frazzione: pedanías.

La señora Zuccari viene a saludarnos mientras desayunamos, también ha estado en Bilbao, San Sebastián y Santander. Nos muestra su fascinación por los pinchos y por el jamón.
En Italia un kilo de jamón del malo cuesta unos treinta euros.

LXII. Spoleto, como casi todo lo colocado en L´Umbría, se acoge al subibaja montañoso. Paisaje bucólico que no ha cambiado desde que los pintores del Renacimiento tomasen buena nota de él como fondo de sus cuadros religiosos. Cuesta arriba, no siento los pies, las ampollas se han transformado en callos, están helados  aunque llevo dos pares de calcetines y dos plantillas,  a pesar de eso, este lugar me gusta.

LXIII. Treinta y seis cuestas más allá, llegamos a la catedral. Cerrada. Una plaza alargada y en pendiente la antecede. Me cuesta muchísimo conseguir una foto que enmarque  toda la catedral. Me perderé las pinturas del Perugino.

LXIV. Los escolares italianos salen mucho de excursión, en pequeños grupos y acompañados de innumerables adultos. Barullo infantil en la plaza. Carreras, fotos, padres y profesores pendientes de los críos, pero no tanto como haber previsto la cerrazón catedralicia, posiblemente los críos lo agradecen. Son las once de la mañana.
La iglesia de San Pietro,  aparece en las afueras, cuando ponemos rumbo a Perugia, nos llama, peldaños más allá, con su fachada de cómic y un gato mimoso que se roza en mis piernas. Está cerrada por obras pero su fachada tiene mucho encanto, la piedra nos cuenta todos los males que el hombre puede sufrir en el infierno, las penalidades y los indecibles tormentos que nos acechan tras el pecado.
No me queda otra que reflexionar sobre la propaganda católica basada en la crueldad y concluyo que el pecado no es buena cosa. El pecador católico tiene la amenaza del infierno. El pecador laico sufre el acoso de su propia mala conciencia lo que torna su vida en el mismo infierno. 
LXV. Perugia es un frigorífico. Aparcamos en los laterales de la roca Paulina. La puerta Marzia,  de construcción etrusca se abre para nosotros  que pasamos a un laberinto de calles subterráneas. El renacimiento en Italia se desenvolvió en lances guerreros y el gusto refinado de los propios contendientes que dejaron, para suerte nuestra, un rastro de sangre y obras de arte.

Anduvo Perugia durante años a la greña con las ciudades próximas. Los Baglioni, señores de la ciudad construyeron las bases de lo que hoy es la roca Paulina. Un entramado de calles amuralladas que los ponía a salvo de sus enemigos.
Paolo III les puso límites,  harto de sus correrías o envidioso de su arrogancia y, aunque en principio pensó abrir el enclaustramiento de la fortaleza a los perugianos, transformó la roca en un habitáculo para él y sus fieles.  Los papas son guerreros, aunque en los últimos siglos se han descafeinado.

La administración del siglo XIX, transformó la antigua fortaleza papal en un espacio artificialmente elevado que guarda en sus tripas la arquitectura guerrera antigua. No me hago responsable de las inexactitudes históricas, todo esto lo he deducido de un documental que vimos en italiano dentro de la roca, un euro de entrada.
Ahora es galería comercial, sala de exposición, sala explicativa de la propia historia del lugar,  recinto para esculturas de Alberto Burri, escaleras mecánicas. La escasa luz te acoge y sus muros bestiales te aíslan  del frío en un laberinto de  callejas que comunican lo alto de Perugia con el centro.

LXVI. No haber comido a las cuatro de la tarde en la Italia otoñal es un error. No encontrarás otra cosa  que  una pizza pastosa y mala en un tugurio sin baño.
Subsanamos el apuro  fisiológico en un baño automático: cabina de acero inoxidable que se abre con ruido de nave espacial. Dispensador de jabón, de papel de manos accionados con células fotoeléctricas, en algún momento esperas la mano mecánica que te limpie el culete y te suba los pantalones, pero no pasa. Cuando traspasas la puerta aliviado de la cosa fisiológica, echo de menos ser puro espíritu cuando estoy de viaje, esta se cierra como una olla spress y entra en proceso de autolimpiado al vapor.
Tres grados bajo cero en la calle. Unos chicos tocan la flauta y piden limosna. Espero que tengan techo donde dormir esa noche.

LXVII. La plaza Comunale es un ir y venir de gente helada. La fachada de la catedral parece haber pasado un guerra incierta, está sin terminar. Una fuente maravillosa que da grima por el puñetero frío.
El frío aconseja ponerse a cubierto y La Galleria Nazionale dell´Umbría nos acoge en seno. Colección variadísima y cronológicamente ordenada. Todos los  que antes estuvimos en la plaza invadimos el museo. La calefacción hierve y  me sobran tres chaquetas y algunas bufandas. Espacios diáfanos, silencio. En la tercera planta la vigilante hace plácido ganchillo. Yo llevo el mío en el coche por si hiciera falta.

LXVIII. Al salir, son las seis y compramos sellos en correos. Número, cola, palabras en italiano. Azurro, il pomericcio azurro, dixit Paolo Conte. Por fin podré mandar las muchas postales que he comprado.

LXIX. Hay hambre, la pizza turística queda en el olvido y nos permitimos el lujo de cenar en Villa Zuccari. Es el único hotel donde nos preguntan al regresar si deseamos cenar. Pasta con  tartufo (trufa), ensalada exótica y vino del terreno, bueno, pero no buenísimo. Nos abstenemos de los dulces que intuimos excelentes. La señora Zuccari es la repostera del hotel y sus golosinas del desayuno son de pecado. Compartimos comedor con otra pareja. No hay más huéspedes en el hotel.

LXX. Da pena dejar un hotel tan bueno y bonito como Villa Zuccari,lo de barato es cuestionable, ahora que habíamos aprendido a llegar sin perdernos.
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Spoleto.

Viñas en otoño de L´Umbría.

Trajines del infierno, fachada de San Pietro en Spoleto.

Italia en cien items (del LI al LX) ¡Oh! Nápoles

Jueves, Diciembre 13th, 2007

LI.    Nápoles, después de las cinco de la tarde es una ciudad que ha sufrido una guerra. A media luz paseas por las calles vacías inundadas de basura, escuchas rifi rafes entre los coches y autobuses, ves grupos de hombres solos en las puertas de lo bares y vives la  sensación (aumentada por el consejo del personal del hotel) de que hay calles en las que no debes entrar.
LII.  Ligue a la napolitana: Temperatura agradable, tres rusas jóvenes solas en una mesa, tomando un café, charlando. Un minuto más tarde se sienta un maromo a su lado y no deja de mirarlas, está hipnotizado por la buena pinta y la frescura de las zagalas. Se toma dos “red bulls” y le falta babear. Le suena le móvil y se va. Dos minutos más tarde llega el relevo, dos hombres maduros hacen el mismo ritual de miradas rasposas que no las dejan en paz. El camarero les acaba de traer un café cuando ellas se levantan. El resorte de la oportunidad única les activa el mecanismo de “el café de un trago”, dejan las monedas sobre la mesa y las siguen hacia la plaza Garibaldi. 
LIII. Aventura en el extrarradio: cogimos el autobús 157 para ir desde el hotel a Plaza Garibaldi, perfecto acceso para el centro de Nápoles. Un euro da para viajar durante noventa minutos en transporte público. Empieza a correr el billete cuando lo picas en el propio autobús, no pica ni dios. El autobús va tan lleno que es imposible llegar a la máquina.
Comprobado  que después de las cinco está de noche, las tiendas cierran, recogen los puestos callejeros y  y salen hombres de dudoso aspecto,  queremos volver a nuestro hotel (Tiberio Palace) .
Pillamos el 157 en la plaza Garibaldi y cuando parece que va a enfilar la calle del hotel, le da esquinazo y entra en la autopista, llega a Ercolano, Torre del Greco, Torre Anunzziata y quedamos  aparcados en un solar oscuro media hora para el descanso del conductor. Entendemos que la lógica circular de  de los urbanos españoles aquí no rige y que un autobús napolitano no hace en la ida las mismas paradas que en la vuelta.  Este dato también sirve para los autobuses de Siena. Dos cigarrillos y trescientas vueltas turísticas después por los pueblos que rodean Nápoles, volvemos a la plaza Garibaldi donde nos explican que, tomándolo allí, cualquier autobús nos lleva a la Vía Ferraris, excepto el 157. ¡AH!

LIV. Nápoles es un caos muy vivo. Calles sucias donde se amontona la basura, un contenedor solitario es la señal para apilar toneladas de bolsas,  miles de coches, autobuses y motos que nunca se paran en un paso de cebra, vigilantes de museos que hacen corrillos, charlan y se olvidan del trabajo, restaurantes donde no se permite fumar pero que vigilan tus cosas mientras sales a la puerta y te echas un cigarrito, edificios desconchados y en medio de todo eso, iglesias, museos de lujo,  adornadas por los napolitanos, espontáneos, habladores, agradables. Un día completo de callejeo, tiempo para perderse.
LV.  Capodimonte: prudentes, cogemos  taxi en Garibaldi huyendo de la aventura de coger un autobús de ruta imprecisa. El taxista ha estado en Bilbao, en Madrid… intuye que soy maestra y nos da consejos sobre cómo enfrentar la ciudad.
Capodimonte está en uno de los extremos de la ciudad, sobre un monte (como su nombre indica). El taxista da un rodeo y deja de lado el secular embotellamiento. Temporada baja, rebajas, y nos regalan con la entrada una tarjeta Nápoles Card, invitación a visitar otros museos de la ciudad y transporte gratis. Niños, niños preadolescentes de colegio masculino a los que acompañan algunos curas. Van pasando por las salas y haciendo saltar las alarmas, corren, se desmadran, no miran un cuadro ni una escultura. Rebosa el vaso y uno es prendido de la oreja izquierda y entregado a uno de los curas. Huyen al parque, los encontramos en retirada al salir.

Museo interminable con exposición temporal de pintura del siglo XX Intercalada entre la colección permanente que también incluye obra contemporánea.
LVI. Pizza Napolitana en casa Bruno. La leyenda dice que la pizza se inventó en Nápoles. Pizza elemental: tomate crudo rallado, mozarella de búfala, aceite, olivas negras y alcaparras. Exquisita y exótica a pesar de los ingredientes. Servicio basto e infantil. Fuerzas para escalar hasta la Certosa de San Martino. Se nos hace de noche.
Certosa: Cartuja

Suponer que una cartuja es un monumento a la austeridad y la vida contemplativa adobada en la pobreza es  un error en este caso. Un tesoro con vistas a la bahía de Nápoles. Somos cuatro visitantes dentro del edificio, todo nuestro. Los vigilamuseos están reunidos en uno de los claustros centrados en una discusión ¿sindical?.
La primera impresión nos golpea en la sala de los bodegones, el olor a fruta decadente satura el aire. Un bodegón natural: granadas, naranjas, limones, uva se descomponen lentamente en una mesa, complemento sorprendente. Decido pintar un bodegón para mi salón, el cuerpo me lo pide.
Caminar solos bajo los frescos de la sacristía, los mármoles de la capilla y las pinturas oscuras de Ribera rompen mi antigua idea sobre la vida monacal. Yo aquí me dedicaría a la vida contemplativa (de los frescos y las pinturas).

LVII. Hace frío en Nápoles y en toda Italia. Viento ruso. Intentamos de nuevo ver el cristo Velato, imposible, martes cerrado. ¡Qué disgusto! Tendremos que volver a esta ciudad. Ha llegado la navidad y en las tiendas venden figuras de Belén y panderetas. Controlo mi ansia por comprar algo. Me duelen los pies, para variar. Hoy no nos equivocamos de autobús.
LVIII. Ciao Nápoli. Ya sé decir alguna palabreja en italiano, aunque esto del ciao en boca de español me parece una cursilada. Es una pérdida de tiempo  lanzarse al aprendizaje del italiano porque ellos nos entienden y si está de dios que te hablen despacito, tú los entiendes. He leído mucho en italiano estos días y echo de menos el diccionario que dejé en casa.
LIX. Parecerá un pecado dejar atrás Pompeya, Ercolano pero somos viajeros raros y nos vamos a Paestum, muy al sur. El paraíso de la mozzarela de búfala. Grecia en Italia.
Cinco visitantes, incluidos nosotros. Templos griegos, ruinas romanas, pinos piñoneros, toperas  y un frío de mil demonios. Ya no me quedan abrigos que ponerme. Me gusta este lugar aunque sufrimos una tormenta rabiosa. Pizza con las olivas más exóticas que haya comido nunca.
LX. No sé si prefiero las aglomeraciones calurosas de mi agosto de vacaciones o el frío, la lluvia y el anochecer temprano del mes de noviembre. Cientos de kilómetros más allá, de carreteras oscuras y de dos horas de vueltas por las huertas de Montefalco (algo así como perderse entre Molinica, la Garapacha y la Hurona buscando tu hotel) encontramos una cama tamaño campo de fútbol en habitación deslumbrante y cara a un jardín toscano aunque estemos en L´Umbría. El hotel “Villa Zuccari”, extraviado en lo rural nos complace, es una de la madrugada. ¡Por fin! Una cama.
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Italia en cien items (del XLI al L): Roma a la carrera.

Sábado, Diciembre 8th, 2007

 

XLI.     Último día en Roma: date prisa que te dejarás muchas cosas en el tintero. La estación Términi es un barullo de gente aunque como es sábado el tráfico se ha aligerado. La zona de la estación Termini tiene mucho  que ver y no hemos planificado casi nada. El mapa de Roma es nuestro guía y consejero. Controlemos los bolsos, las cámaras
 

XLII. Termas de Diocleciano: el reciclaje no es un invento de este siglo. Sobre la base de las termas  se construyó la Basílica  de los Siete Ángeles y los mártires de Roma. Aposentada sobre los muros crece durante siglos hasta hace cuatro días en que le colocan unas puertas de bronce pero de indudable estética moderna, algo peliculera: Hombres crecen a partir de la madera, su cuerpo incompleto lucha por salir de la materia plana de la puerta.
 

XLIII. Museo nacional Romano: arqueológico almacén de inscripciones, esculturas, tumbas, urnas funerarias, herramientas y cerámicas. Todo a espaldas de las termas y rodeando un gran patio interior, grandes bestias tras los setos muestran sus cabezas de piedra. Foto, foto.
 

XLIV. Santa María de la Victoria, iglesia conventual, cerrada a partir de las doce de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Como es la una nos volvemos hacia Termini y comemos en la Vieja Fazenda, una tavola calda popular y muy barata: Focacia, pizza simple (margarita), lasagna, tiramisú, cerveza Peroni.
 

XLV. San Pietro in Vincoli. O subes una cuesta como la Calle Ancha pero multiplicada por tres o un chorro de 74 escalones irregulares para llegar a ella. Está cerrada hasta las tres. Nos sentamos en el atrio y decidimos esperar una hora sentados en un roalico de sol, mis pies lo agradecen. Mucha gente llega y se va, otros se hacen como nosotros y esperan sentados en los bancos de madera. Abren antes de las tres.
 

XLV. Oscuridad manchada por chorros de luz que entra por las ventanas. Santo olor  a cera, incienso y flores. Al fondo, a la derecha el sepulcro de Julio II  simula un muro con urnas que acogen la escultura de los evangelistas y en el centro, con los pies en la tierra, sentado Moisés. Miguel Ángel retrata un hombre fuerte, de dos metros de altura, tenso y sereno.
En el altar mayor,  una urna contiene una cadena iluminada. Según entendemos, esta única cadena fue en su origen las dos que ataron al martirio a San Pedro y San Pablo, fundidas milagrosamente cuando se dejaron juntas. Ver para creer.
 

XLVI.   Miles de pasos más allá, encontramos abierta por fin Santa Mª de la Victoria, , iglesia conventual de los Carmelitas Descalzos. Una iglesia barroca, pequeña, un cúmulo de adornos dorados, frescos, taracea de mármol en el suelo y ese presto cuidado que uno encuentra en todas las iglesias de Roma. En una capilla lateral está “El éxtasis de Santa Teresa” de Bernini. La santa aún sigue transida de amor (la mar de físico, oiga) mientras el ángel que la acompaña la mira de reojo con cara pícara y sostiene una flecha dorada en su mano derecha. .
 

XLVII.     Entramos en la sacristía  y comprendemos que esta iglesia es sólo un trozo pequeño comparada con lo que el convento guarda. Un fraile mayor, sentado tras una mesa sólida de roble guarda la tienda de souvenirs: libros,  medallas, rosarios, aceite, caramelos, dulces.  Compramos algunos libros y unos caramelos de cebada extraños. Los techos de la sacristía, altísimos, las paredes decoradas con cuadros ingenuos de batallones en orden cuadriculado.
 

XLVIII. Camina, camina Lola, que aún  es de día. Mira, mira, el Coliseo, el arco de Trajano, la Domus Aúrea, Nerón tras los muros, unos que se casan, un motorista que se lanza sobre un coche y grita “mamma mía” ¿qué me has hecho?, molinea con los brazos, se tira del pelo, se porta como un italiano de película. La policía pone paz y después del teatro intercambian papeles del seguro.
Camina, camina, Lola, hasta la Plaza Barberini y vía Barberini y algunas callejuelas adyacentes nos llevan a la fontana de Trevi. El muro de mármol adosado a un edificio, entre cascadas  y piscinas, es la casa de Neptuno  y otros compañeros de vida acuática. ¿Dónde está Anita Ekberg?  Es como encontrar a Walli entre las mil personas que ocupan las gradas entre murmullo de humanidad y agua.
 

IL.  Sea vd tan amable. ¿Se puede apartar un poquito? ¡Ay, por favor, señora, coja al niño, intentamos hacer una foto. Gracias, gracias. Rogando, rogando, el japonés ha conseguido despejar un metro de la barandilla de la fontana y alguien, ¡flash!. Los turistas desplazados recuperan su espacio. Los japoneses de todas las edades ocupan Roma, suelen ir detrás de un paraguas, una banderola, un clavel. Son modernos, amables, sonrientes. ¿cómo alguien con tan pocas vacaciones puede tener esa cara de felicidad?
 

L.     Muy cerca de la fontana entramos en la Galería Nazionale de L´Estampa. Además de máquinas antiguas usadas por los impresores, vemos una exposición de Giovanni  Fattori, un pintor  del siglo XX. La exposición versa sobre su obra impresa, sobre todo de carácter militar.
Después de este día creo que podré soportar cualquier otro esfuerzo. A dormir.

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Restos de las termas de Diocleano, desde la calle. ¡Hay que ver lo que dura un ladrillo bien pegado.

Comida en la vieja Fazenda, con maña y un espejo robas imágenes.

Urna funeraria romana modelo “frutitas de otoño”.

Italia en cien items (del XXX al XL)

Miércoles, Diciembre 5th, 2007

XXX.    Nos saltamos el desayuno sólo a medias, tenemos el coche lleno de latas, zumos, paquetes de leche,  frutos secos, manzanas, pan seco, queso, barritas dietéticas, vasos de plástico y hasta papel higiénico. Hace frío y compro unos guantes de lana en la estación de Flaminio a un hindú. Son calentitos, grises y muy grandes.

XXXI.    Me acabo de dar cuenta que he extraviado un día de viaje. Sé que estuve en Galeria  Borghese, pero no recuerdo cuando, si fue antes o después del lumbago. Esto es parte del efecto Miolastan.

http://www.canovaelavenerevincitrice.it/

XXXII.    Teníamos nuestras entradas para la Galería Borghese y en el último minuto somos conscientes que son para Diciembre. Tierra tráganos: 28 euracos en equilibrio.

XXXIII.    Villa Borghese es uno de los parques más rotundos de Roma. La Galería es uno de los muchos edificios que alberga dentro de un jardín espectacular: el zoo, el Museo Romano de Arte Etrusco, el botánico, la Galería de Arte Moderno, el Museo Romano de Instrumentos Musicales Para echarle cuatro días.

XXXIV.    ¡Conseguimos que nos cambiasen las entradas! Sin mucho rogar y en un perfecto castellano, el nuestro, ellos nos entienden. Entraremos en el turno de la una. En este museo se entra a de 200 en 200, después el museo es tuyo, compartido con los otros 199. Se cierra la puerta y hasta dos horas después no entra nadie: sabia decisión.

XXXV.     Antonio Cánova es un escultor neoclásico. Además de imitar el estilo y la composición de la escultura griega y romana tiene la gracia de retratar a personajes históricos contemporáneos suyos. La galería Borghese intercala entre su exposición permanente una exposición temporal de Cánova.

XXXVI.    La exposición de Cánova nos  ayudó a comprender el trabajo escultórico. El primer esbozo es un modelo de yeso, mucho más fácil de trabajar que el mármol. Si te equivocas vuelves a poner un pegote de yeso que unos minutos más tarde es retocable. El yeso es un material barato, moldeable y mucho más barato que el mármol. El esbozo se llena de clavos que son puntos de referencia cuando se esculpe en mármol. Cánova además inventó un sistema de patinado para sus esculturas que las pone a salvo de la intemperie y además les da un tacto sedoso indescriptible porque no nos dejaron tocar.

XXXVII.     La exposición permanente de la Galería Borghese es prolija, puedes ver la increíble “Dafne transformada en laurel” de Bernini y una colección de pinturas sin desperdicio. La entrada en grupo se hace algo pesada, hay demasiada gente en las primeras salas. Conforme pasa la visita, la gente se va repartiendo por las salas y todo es mucho más cómodo. En cualquier caso nunca estás solo.

XXXVIII.     El edificio es una muestra de la decoración de la época del postbarroco. No hay espacio vacío en sus paredes y techos, una intrincada decoración de frescos simulan escenas de la vida, de la mitología, se entremezclan con las columnas, las nubes se aposentan entre el techo y los pilares  y parecen nacer de ellas.

IXL      Paso museo es mucho más cansado que una caminata a buen ritmo. Al final del recorrido me entretengo viendo un artilugio informático que te ofrece la visión virtual de las salas y de algunas esculturas desde cualquier punto de vista. Me siento, me arreglo los calcetines, ya se sabe que una arruga en un calcetín produce una ampolla y en este trance un vigilante me echa a la calle, se acabó mi tiempo.

XL.      Comer a las cuatro de la tarde en una furgoneta de perritos calientes en medio de Villa Borghese es un lujo extraño y más cuando se tiene hambre. Los hindús se han hecho los dueños del negocio portátil en Roma. Un bocadillo de jamón y queso aplastado como si fuera una galleta  por el peso de una plancha caliente bajo un árbol centenario es un lujo.
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Puerta del zoo de roma, la galería Borghese y el Museo Nacional Romano.

Italia en 100 items: en el lecho del dolor (del XX al XXX)

Viernes, Noviembre 30th, 2007

XXI.    Los trenes de extrarradio tienen paradas obligatorias y otras que los pasajeros deben solicitar, a veces sin esperar a que el conductor te haga caso y te pare en la siguiente, o la siguiente, o la siguiente. Entonces no queda otra que salir del tren y cambiar de dirección con la esperanza de que te paren donde tú quieres.
 

XXII.   Un lumbago es un dolor de espalda que te deja inmóvil e indefenso. Sabes que te puedes mover pero no quieres porque cualquier cambio de postura es dolorosísimo. Una ya está mayor y de vez en cuando sufre un enclavijamiento lumbar. Se cura con Miolastan y un anti inflamatorio, descanso y calor seco.
 

XXIII.    Mi lumbago me metió un día en la cama y se fueron al garete los museos Vaticanos y el Museo Capitolino. Posiblemente me vengaré durante las fiestas de primavera, dejaré aparcadas las esparteñas y el refajo y me iré de nuevo a Italia.
 

XXIV.   Un lumbago te hace descubrir la TVE internacional. Un canal sin anuncios.
 

XXV.     No aguanto todo el día en la cama y aprovechando un ratico de sol me pongo a leer en nuestro patio “La Historiadora”, un novelón pesadísimo que he terminado por pura disciplina lectora. Detrás de mí hay un jubilado alemán o inglés, que también lee envuelto en una manta.
 

XXVI.      El Flaminio, en sus parques, acoge una familia de gatos lustrosos y muy zalameros. Casi tuve la tentación de darle una lata de atún a este gato increíble, de echarlo al coche y traérmelo a Murcia. Ganó el sentido práctico,  no quiero gato ni perro, no sabría  qué hacer con él cuando quiero escapar del mundo.

 

XXVII.      Me engancho a “Desaparecida”, un serialón de la Uno. Parece estar muy bien hecho, es más, los dos guardias civiles me recuerdan a los de Lorenzo Silva, en su serie de novelas de intriga.
 

XXVIII.    Agradezco el efecto Miolastán, me ayuda a llevar graciosamente este día de encierro y la mala conciencia por lo que me estoy perdiendo. Dormir doce horas no es mi estilo, pero las duermo seguidas, renunciamos a subir las cien escaleras que nos llevan al desayuno para evitar empezar el día recalentados.
 

XIX.        Mi “S”, fantasea y fabula con nuestro vecino alemán, es un nazi huido, refugiado en un camping italiano yo creo que es un jubilado ferroviario al que le duele la espalda y la larga vida. Es que está aburrido.

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Gato romano (guapo), servidora bajo el efecto miolastan.

 

Italia en cien items (del 11 al 20)

Miércoles, Noviembre 28th, 2007

XI.      En Roma hay cientos de hoteles. La hostelería italiana tiene mala fama (rima), bien merecida en algunos casos y en otros totalmente injusta. Villa Flaminio, elefantito simbólico, es un hotel atípico donde un puedes alquilar un bungalow con calefacción, baño aceptable y aire acodicionado, o si tienes menos pasta, un roalico para tu tienda o caravana. El desayuno es muy mejorable y además colocado en un extremo del parque que ocupa, tras unas cien escalones, para abrir el apetito. XII.   Enfrentarte a esta ciudad y pretender recorrerla en tres  días es una ingenuidad.
XIII.    El italiano,  en trance de trabajo,  come a tragaperro. Si tienes poca pasta entra donde veas italianos en este trance, comerás barato y casi bien. En cualquier caso cuenta que “su parmesano” es mucho más sabroso que el nuestro e infinitamente más barato.
XIV.    Comer a tragaperro (sabía que lo ibas a preguntar) es hacerlo de pie, con prisa y en poca cantidad.
XV.    El café buenísimo (siempre que no sea el del hotel Flaminio) y escasísimo, una taza mojada de café es un spresso italiano.
XVI.    La basílica de San Giovanni in Laterano está cerca de la Via appia. Es antiquísima, anterior al Vaticano y brilla, reluce a pesar de los cientos de visitantes que atrae.
XVII.   La fe mueve montañas y crea extrañas ideas. Guardar dos cabezas en urna para exponer al público, aunque sean las de San Pedro y San Pablo, me parece una idea macabra.
XVIII.    San Juan de Letrán tira de ti con su fila de esculturas en la fachada con tanta fuerza que te dejas sin ver, está en un costado, el obelisco auténticamente egipcio que hay en uno de sus costados. La costumbre de traspapelar monumentos es muy antigua y éste cacho de piedra labrada está ahí desde hace mucho tiempo. Si sumamos todos los restos egipcios que hay por los museos del mundo y por la ciudades debemos comprender que los antiguos egipcios eran la mar de trabajadores.
XIX.    Las esculturas de San Juan de Letrán se han ido sumando en etapas sucesivas y son de autores distintos.
XX.    La puerta Appia, cercana a San Juan de Letrán suma millones de ladrillos que daban entrada a Roma a través de la Vía Appia y se distribuye en por lo menos otras seis calles muy concurridas de coches enloquecidos. En Italia hubo el año pasado más de 5000 muertos en accidentes de tráfico: no sé si en porcentaje supone una cantidad mayor que los muertos españoles, un dato escalofriante pero comprensible.
italia 02.jpgpopule meus.jpgEn San Juan de Letrán no todo son piedras y santos. Esta partitura el ¿original ? del “Popule meus” de Palestrina.