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Piña futbolística
Miércoles, Julio 2nd, 2008Hace una semana tuve esa sensación extraña de dejá vu que a veces nos asalta. Durante el partido España-Italia mis vecinos sacaron la tele a la calle, las mesas con la cena y se lanzaron a ver el espectáculo del día.
En mi infancia, en verano, los privilegiados que tenían tele la orientaban a la calle, sacaban las hamacas y veían lo que fuese.
Según parece hacer piña con los vecinos reconforta el alma. ¿?
Los vecinos que en cincuenta años me han tocado en suerte sólo me han causado molestias, así que ruego se abstengan de interesarse por mi vida, mismamente como hago yo con la suya.
He apagado la radio. A las siete de la mañana, sin contemplaciones. No hay otra noticia, España ha ganado la Copa de Europa.
Ayer en Madrid, visitando a Elenita, había una marea de gente vestida de futbolistas y de supermanes con capa de bandera rojigualda. El fútbol tiene la virtud de mover al rebaño, hace piña, patria, sentimiento nacional, y de poner entre paréntesis el sentido del ridículo.
De vuelta a casa me encuentro con el club de fútbol que me ha tocado en suerte en plena efervescencia: toda la familia alrededor de la tele (pantalla gigante de plasma), hombres apoltronados, mujeres sirviendo merienda cena y muchas cervezas. Los niños tienen una bocina pegada a la boca, los padres: goooooooool, uyyyyyy, palmas, pitos, golpes. Como si estuvieran en el campo.
Una vez alimentados los machos y relajados por el 0-1, las matronas pasan del evento y charlan en un rincón despellejando al prójimo.
Me ronda la idea de, mediante patadón de Gento, lanzar de vuelta los dieciocho balones que tengo secuestrados, uno a uno y darles un auténtico baño deportivo. El “super” me contiene: “tengamos la fiesta en paz”, dice.
Es, esto del fútbol, un misterio para mí.
Cuestión de pelotas
Sábado, Junio 28th, 2008Tengo dieciocho (18) balones de fútbol de toda marca y condición en un baúl del jardín.
Hace unos meses decidí no devolver los balones, es más, dentro de nada pondré un cartelico junto al timbre que dirá: “En esta casa no se devuelven los balones”.
Empezamos de buen rollito con los vecinos futboleros devolviendo la pelota cada vez que se les caía. La costumbre hace derecho y a cualquier hora de la tarde, después de innumerables “pumba, pumba” contra la valla de madera tocaban el timbre pidiendo su pelota. Yo empecé a putearlos ligeramente y de vez en cuando les decía “vuelva vd mañana”.
La cosa derivó en un simple allanamiento del morada un día que no estaba en casa. Se les debió caer y viendo que no había nadie, decidieron rescatar la bola por asalto. No les importó el romero, les sirvió de colchón cuando entraron al jardín. Aún no se ha recuperado, el pobre, del pisoteo.
A partir de ese día no les devolví ninguna. Cuando iba por la número doce vino su señora madre como Kissinger, a negociar. Negociación hubo y le prometí a la señora que se las devolvería si no caía ninguna más y si los balonazos se hacían en horario de respeto, después de la siesta.
Los niños fueron sensibles un tiempo, tan respetuosos que informé a la vecina que aquel fin de semana pondría fin al secuestro pelotero.
En la euforia de la buena nueva, en menos de una hora cayeron dos más, de lo que deduje –mira que soy espabilada- que en cuanto las tuvieran de nuevo volverían a jugar a su bola. ¡Falsarios!
Y hasta ahora: dieciocho.
Para que veáis que soy buena, esta navidad, para la campaña de juguetes, se las regalaré a Cáritas.


