San Francisco de Asís. Olivier Messiaen
Domingo, Julio 17th, 2011Tengo una ilusión, asistir a una representación en el teatro Real de Madrid. A modo de sustituto aprovechamos para asistir al “spectacle” tramado por Olivier Messiaen durante ocho años para intentar reconducirnos a la vida espiritual. El evento venía precedido de valoraciones positivas en suplementos culturales, blogs culturales, programas de radio culturales…
Media hora antes del inicio ya estábamos sentados en nuestro sitio tras pagar unas botellicas de agua a precio de oro ya que aquella debía ser un agua milagrosa embotellada. Mi santo y yo embutidos en un asiento que te escupe hacia adelante y del que rebosas, claro está que nos sobran kilos o que los organizadores de eventos están convencidos de que los españoles somos chiquiticos. Hice pruebas mil para encontrar mi postura, intento inútil, el asiento era pequeño y punto. Entretuve la espera leyendo un libro informativo que compramos al entrar, aquí no se regala nada.
Sobre un escenario espectacular montado en el Madrid Arena apareció la orquesta, el coro… ambientados con tenues luces. De ellos estábamos pendientes miles de personas, sí, miles. El cierre de puertas trajo una marea humana que se desplazó hacia el centro de las gradas a una sola voz. Fuimos rápidos y eficaces rellenando huecos antes de que el director de la mega orquesta diese el primer golpe de batuta. La marea humana hizo rasero sobre las clases sociales y las economías así que nuestra entrada económica (seis euros) quedó igualada a la de un señor que posiblemente había apoquinado más de cincuenta euricos. Eso da rabia.
El asiento de la parte buena seguía siendo pequeño, yo doblada sobre mí misma, las rodillas a la altura del ombligo.
Messiaen tenía sus propias prioridades y aficiones: músico, ornitólogo, profesor… Su afición por los pájaros empapa su música, los instrumentos exóticos se suman a la orquesta y ofrecen una visión novedosa de los sonidos posibles, los ritmos brillan especialmente llevándonos por caminos poco trillados, el coro amplifica la acción que se desarrolla en el escenario, diálogo de santidad, y me gusta y anima, la interpretación de los solistas es maravillosa, el público guarda un silencio reverencial, roto a veces por objetos que caen al suelo… y yo… me aburro como una ostra, tanto que me reconcentro en mi propia incomodidad, mi rodilla izquierda se ha cuajado en sí misma y chilla, palpita, chirría y dentro de nada me hará perder la conciencia. Cuando ya estoy en el sexagésimo noveno bostezo se acaba el primer acto y doy gracias al cielo ya que me concederán media hora de descanso. Me dio un poco de vergüenza no estar a la altura del acontecimiento y comenté con mi Santo lo muy incómoda que estaba, me callé lo del aburrimiento, y, en un ataque de gentileza me ofreció dejarlo para otro momento. Se lo agradeceré siempre.
Salí de allí con el ánimo ligero, rumbo al metro.







