Concierto de Navidad
Domingo, Diciembre 28th, 2008Según costumbre propia las vacaciones desatan todos mis achaques. Tengo una medio gripe, me duele todo y deliro.
Nimiedades aparte, en un estado penoso, me arrastré hasta la iglesia de la Asunción a cumplir con la convocatoria navideña. A las siete ensayo, a las ocho concierto. La iglesia de bote en bote, no sé si a consecuencia de lo numerosísimos que son los grupos infantil y juvenil del coro, o a que hay un rebrote de fe en Molinica. Los padres y abuelos se complacen en ver a sus churumbeles cantar. A estos niños aún les falta una cocción (que podéis traducir por ensayos), por tanto nada que ver con los niños cantores de Viena. Los padres son padres y no críticos musicales. Las cosas del querer.
La música no necesita discursos, concepto que ha ser de difícil comprensión, ya que el orden del día incluye, además de villancicos, un amplísimo comentario sobre lo que allí se iba a desarrollar. Estrenamos locutor. El novedoso parlante, pelirrojo con perilla, tiene una dicción a medio camino entre la articulación correcta y el más abrupto murciano.
Todo puede empeorar y, después de resolver el programa previsto hasta ese momento, cuando ya estoy en equilibrio sobre los escalones con las herramientas de cantar afiladas, vuelve el pelirrojo a la carga y nos informa que es el día del homenaje a un antiguo miembro del coro. ¡ Qué suerte, oiga!
En su papel de maestro de ceremonias, lanza loas durante un par de minutos, la presidenta entrega un marquito con diploma al homenajeado. Besos apretones y supuestas palabras de afecto de Manolo y Pilar, todo ello para que no nos olvide. El homenajeado, aunque no le han dado una insignia de oro y brillantes, agradecido quiere agradecer.
Uno puede agradecer por la vía rápida, diciendo gracias mil para después hacer mutis por el foro henchido de autoestima, o puede agradecer por la vía lenta, en la convicción de que es un orador que domina el latín, la versificación y la prosa con mensaje caminando por encima del castellano y la audiencia. Este formato fue elegido por el homenajeado. Presté atención con la mayor voluntad, pero como cuando vamos a cantar una misa y empieza el sermón, tras los dos primeros renglones me desconecté, pudo más el instinto que la voluntad porque, y esto lo digo a toro pasado, es difícil tropezar con un orador que sintonice sin interferencias con una cabeza llena de ruidos.
Dejo de oír el runrún y me miro el ombligo. A partir de ese momento soy consciente de mi posición retorcida e incómoda y que si no empujo a la señora que tengo delante no podré abrir el libro (no es que haga mucha falta, casi todo lo que vamos a cantar está en la memoria). Pienso que tengo que traerme las gafas porque la puñetera letra alemana de “Noche de paz” ( articula consonantes) es una fila desvaída de garabatos que no veo. Observo que hay mucha gente en la sala y allí a la izquierda está el director de mi cole con su señora. Miro a la izquierda y veo que el miserable retablo de San Vicente se ha transformado en un armatoste dorado con angelotes, ¿de dónde han sacado la pasta para tanto lujo y relumbrón? ¿Dónde está el dedo amojamado de San Vicente? .Por el rabillo del ojo veo un trajín de manchas verde pistacho que no paran quietas, son los críos de la sección infantil caramboleando entre público que, a su vez, rebulle en los bancos de madera, se abanica, bosteza, posiblemente cavila sobre una estrategia digna para salir huyendo sin ser percibidos. Algunos entrecejos fruncidos muestran el maligno deseo de que un rayo vengador salga de la paloma de la cúpula, fulmine y enmudezca al orador. Fantaseo el pánico y la desbandada tras la venganza divina del pajarico cuando los aplausos me sacan del trance y empezamos a cantar.
La Asunción tiene una acústica generosa con el oyente y tacaña para el que canta. No escucho a ninguna soprano, de vez en cuando me llega una ráfaga de Maxi, confirmación de que no canto sola. En un momento, algo cambia y a partir de ahí sólo escucho a Isidro que me taladra el oído con su voz metálica.
Los aplausos son breves, directamente proporcionales al adormecimiento de glúteos del público. En el remate, el locutor informa que hay mistela y dulces navideños en la puerta para el que no esté a régimen. Salimos huyendo.
Al llegar a casa compruebo que no tengo fiebre aunque parezca lo contrario.




