Día de difuntos

Ayer sufrimos la visita de docenas de niños disfrazados, unos solos, otros acompañados de sus padres: demonios, brujas, monstruos, asesinados y asesinos, zombis y toda la patulea del miedo pasado por los bazares chinos. Los críos llevaban bolsas y recipientes para recoger caramelos: truco o trato. Mejor un buen trato que  cualquier pleito.

En mi casa de la Calle Nueva, la noche del uno al dos de noviembre, mi madre ponía en un rincón de la cocina un tazón de aceite en el que flotaban las mariposas, o así las llamaba ella: candelas de cartón y mecha que prendía, flotando, sobre un dedo de aceite de cocinar, allí las hasta que el aceite se consumía. Por economía, mi madre era la más económica de todas las madres, no todo era aceite, el tazón estaba lleno de agua hasta más de la mitad. Ahí aprendimos muchos aquello del que el aceite pesa menos que el agua.

Aquel fuego minúsculo y oscilante parpadeaba toda la noche en la cocina. Mi madre ponía tantas mariposas como difuntos homenajeaba. Sentía  yo cierto respeto, algo de miedo e impaciencia para que se consumiese el aceite, intentando dejar atrás aquel rincón de los espíritus.

Los niños de hoy buscan los espíritus en el chino a precio de ganga.

 

 

 

Leave a Reply