Madrid en verano: cinco estrellas, cinco.

Desayuno

Desayuno

 

Por azar de las ofertas reservamos un hotel cinco estrellas en vez del tradicional cuatro: el Hesperia de la Castellana, también en la ruta del 147.

¿Las estrellas suponen diferencias? Yo creo que sí.

El en cinco estrellas nunca te sientes solo ni abandonado.

Para empezar los chicos de  recepción te tratan como si fueras su tita rica a la que pueden heredar, son muy cariñosos.

Los camareros del desayuno te llevan de la mano hasta tu mesita.  te sirven el café, el zumo de naranja (o de lo que sea), te explican que si quieres desayuno caliente, a la americana -huevos con chorizo y esas cosas- sólo tienes que pedirlo, te proporcionan un periódico, y ya te dejan a tu aire para que ejerzas pecado de gula en las mesas de los salados, la fruta -pelada, limpia y fresca- los dulces esponjosos o crujientes, el tomate rallado y los aceites de sabores sabores, el embutido, los quesos, el membrillo, los panes de varias clases… Un disparate matinal en que el único pecado es el zumo de naranja de bote.

Cuando sales de la habitación y vuelves notas cambios, yo creo que hay una señorita camarera agazapada en el recoveco del pasillo esperando a que te vayas y en un tris ha rehecho la cama y cambiado cualquier toalla ligeramente húmeda por otra seca y amorosa. ¡¡¡Guau ¡¡¡ No sé si decir ¡qué lujo!, evidentemente innecesario. Te coloca las zapatillas a pie de cama, por si no las habías visto guardadas en el armario, una galletita para evitar un vahído de hambre, ha repuesto los jabones del baño.

Es cuestión de trato, la calidad está en eso, cosas inmateriales.

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