Reflexión
¿Por qué a las personas se les caen las comisuras de los labios? ¿por qué la boca de la gente parece una rodaja de melón con las puntas hacia abajo?
Esta pregunta me asaltó en una calle del barrio de Santa Rita ( cerca del río en Molinica del Señor), sentada en una silla de plástico municipal, libro de misas en el regazo y en trance de esto, de cantar.
Mientras esperas para cantar siempre reflexionas y hacía diez minutos llegó un grupo de personas uniformadas, camisa blanca, pantalón negro y fajín rojo bordado con una imagen de la santa, venían perseguidos por una banda que toca “Sombrero, ¡ay! Mi sombrero”. A mi esta canción no me suena muy religiosa, pero mi criterio no cuenta.
Éstos son los porteadores del trono de la santa (Rita), están frente a mí, un grupo de hombretones y una chica, que debe estar ahí para cumplir la cuota de Bibi, la estatua de la santa en su trono, los pies hundidos en un mar de rosas blancas y gerberas naranjas.
El cura lanza su discurso, arenga o sermón y recuerda a los misioneros de Molinica que andan por el mundo dando tumbos y quizá haciendo el “bien”.
Es costumbre que me fije en lo accesorio y pase de lo trascendente. Y ahí me doy cuenta que todos ellos tienen las comisuras de los labios hacia abajo, automáticamente sonrío y les llevo la contra. Miro hacia las filas de fieles (no olvidemos que estamos en misa) y, hombres, mujeres, niños, ancianos, son un calco unos de otros, algo les pesa en la comisura, por no decir en el ánimo,
que les vuelve la boca hacia el suelo.
¡Ah, ah, ah, ah! ¿Será esto el fin de algo?
Tengo casi la seguridad que este efecto “dessonrisa” menos que ver con el efecto de la gravedad (cosa de física, newton por medio) que con la gravedad vital que nos apretuja día a día.
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