The royal concertgebouw
Martes, Febrero 9th, 2010
Mariss Janson salió al escenario, se puso rígido y esperó a que el público dejase de respirar. Janine Jansen, a su izquierda, armada con su sencillo violín, un Stradivari de nada, retorcida, en espera. Una mujer indiscreta, al fondo a la izquierda dejó caer una tos nerviosa que aflojó los músculos del director a modo de reproche. Buscaba un silencio limpio. Conseguido el milagro, todos callados, quietos, en medio de tan raro evento -el silencio es ajeno a la naturaleza del murciano- Janine Jansen sacó un hilo de música de entre las fibras de su arco y las cuerdas del violín. Y fue emocionante. Jansons tiene un gesto muy elegante y preciso al dirigir, muchas veces esconde la batuta en la mano y dirige sin ella. Los directores dicen más con los ojos que con la batuta.
He decidido que Sibelius empieza formar parte de mis músicos favoritos, es relajante, tranquilo, melancólico y un punto deprimente. Lo pondré en la fila, detrás de Bach (el pensamiento, la medida y las ideas obsesivas) y Rossini (el músico de los aires alegres).
Había gran expectación ante la actuación de la concertgebouw, según algunos la mejor orquesta del mundo, tanta que el auditorio no tenía un roalico vacío. Yo no digo que sea la mejor, pero lo cierto es que cuando una orquesta no tiene violines, ni violas, ni tubas, ni siquiera timbales, y funciona como una compleja máquina de hacer música, sin timbres, ni grupos, como una cascada ciega, podemos decir que es eso, una gran orquesta.
Siempre me ha parecido fascinante la facultad de algunos idiomas para hacer palabras larguísimas que reunen varios conceptos.
