Serafin
Domingo, Octubre 25th, 2009
Hoy hemos ido de entierro y hemos llorado. El llanto es un ejercicio muy sano, según mi sabia madre, ya que ensancha los pulmones y alivia las penas. Llorar y cantar al tiempo es difícil, así que hemos hecho lo que hemos podido en medio de un chorro sentimental incontrolable.
Como las penas con pan son menos, con cerveza y una tapicas brindamos a la salud del difunto, una especie de postsepelio a la irlandesa pero sin güisqui. Nosotros somos más cantantes que oradores, así que nadie se ha puesto de pie y a dicho “a la salud de Serafín, que dios lo tenga en su gloria”, pero se le sentía en la silla vacía que había a mi derecha, quieto en su sonrisa caballuna, vestido con el peto de granjero americano, y la cruz de caballero francés atada al tirante de tan estrambótico atuendo, con esa calma sonriente que da la certeza de una vida cumplida pero que se ha hecho corta.
Yo no creo en la resurrección de las almas, el catolicismo se me resiste y éste es un concepto muy religioso, la eternidad es muy larga, da grima y pereza. Una vez muerto, muerto estás y la cosa no tiene solución, ni falta que hace. Pero claro, si tus amigos, conocidos y convivientes se acuerdan de ti, para bien o para mal, la vida se prolonga, tú no eres consciente, al fin y al cabo estás muerto, pero sí permaneces mientras te sueñan, te piensan, te recuerdan, te viven.

