Orquesta sinfónica de Viena
Por fin hemos conseguido escuchar un Haynd decente. Sinfonía “El Oso”, un tercer movimiento donde aparece el animal traído en volandas por los siete contrabajos a los que respondían las mariposas y el agua de los violines.
Los dos primeros movimientos de la cuarta de Mahler son el paseo en una gran ciudad, te cruzas con multitud de melodías, variadas, como son las personas que hay en el mundo: melodías tristes, chirriantes, solemnes, disonantes, enloquecidas, calmosas, alegres, ingenuas, impetuosas… aparentemente no hay un hilo conductor, chocas tus hombros con alguno de ellos y finalmente no recuerdas a nadie.
Llegado el tercer movimiento no sabes si dejarte morir o ahondar en un sentimiento de grandiosa calma, no hay medias tintas entre la angustia y el descanso.
El cuarto movimiento, “El cuerno mágico de la juventud”, recrea la atención en tu propio ánimo y al terminar deberías levantarte con cautela para no romper el encantamiento, el silencio redondo donde termina todo, que debería quedar en la sala como un resto permanente. Cecilia y sus parientes forman un espléndido conjunto musical, dice una parte de la letra. He olvidado por qué pensé que faltaba un gran trozo de soprano.
Cuesta olvidar las convenciones y aplaudimos, alguien empezó tímidamente y en fila bien dispuesta le seguimos, tanto que nos regalaron una pizzicato polka muy vienesa.
El aplauso final despertó del todo al hombre que tenía delante, un durmiente cíclico que no llegó a roncar pero al que se le caía la cabeza a un ritmo de tres veces por movimiento. Es lo que tiene la música, amansa a las fieras.
Por si alguien tiene dudas, esta orquesta es una maravilla.
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