Vida social
Tomando tiempo el domingo fui al cole para fotocopiar exámenes. Antes compramos los periódicos del día y allí estaba la noticia de la muerte de Antonio Campillo. Sus fascinantes esculturas se han quedado sin padre y yo sentí por ellas desazón y disgusto. No somos eternos. Si Campillo cadáver fuera capaz de sentir mi presencia, por pura admiración, habría ido a su entierro.
En medio del principio y el fin hay muchos actos en la vida en lo que abres tu espacio para recibir la compañía de otros. Somos seres sociales. Algunos más que otros.
Las personas de vida social intensa rellenan su calendario, según que momento de la vida, de múltiples comuniones, bautizos, bodas, cenas de hermandad… y entierros.
Por cosa de la edad, de un tiempo a esta parte me invitan continuamente a los tanatorios. A cualquier hora te llaman para decirte que se ha muerto la madre, el padre, el tío de alguien. Y no sé qué hacer. No tengo ánimo para tanto acto social.
Curiosa costumbre la invitación a ciegas para ir en manada a entierros de gentes que conoces sólo por referencia lejana: parientes de uno que trabaja contigo, que comparte tus aficiones, que vive en tu calle. Nunca has comido con el muerto, jamás has pisado su casa, no te ha invitado a su boda, al bautizo de sus hijos, ni sabes qué opina sobre el clima de ese día, cuál es su equipo favorito, a quién vota, ni si prefería a hombres, mujeres o muebles para depositar sus afectos. Jamás lo echarás de menos porque no forma parte de tu vida, y menos aún a partir de ahora. Ni siquiera has hecho esas cosas con la persona que te convoca, ni con el huérfano. Pero siempre sale el espontáneo que te llama para decirte, se ha muerto tal, nos vemos en el tanatorio.
- ¿Y yo que le voy a hacer? ¿lo puedo resucitar? -le diría.
Es más, esto nunca pasa, nunca, si la celebración es más festiva. Que levante la mano quien ha sido invitado a una boda así, por las bravas, porque resulta que trabajas con el hijo del protagonista, sí, ese al que le cuesta darte los buenos días.
En esto, los murcianos no cambian, han expulsado de su casa los cadáveres hacia los tanatorios, han abandonado el negro luto, han dejado de rezar toda la noche en incómodas sillas, pero siguen pensando que hay que despedir en procesión (mientras más gente mejor) a uno que ya no puede sentir la compañía.
Tags: costumbres
