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Hacía mucho tiempo que no asistía a un concierto matinal. Tenía dudas sobre si ir o no. El programa centrado en Beethoven me provoca rechazo, sus explosiones sonoras, su ruido.
Charlando con Mª Jesús el sábado, ella, muy didáctica, me explicaba que posiblemente Beethoven componía así para sentir la música, para sentirla táctilmente ya que no podía escucharla. En la locura de los timbales vibraba el bolso que tenía sobre las rodillas. Pim, pam, pim, pam, rematando faenas.
Pero al final fui y no me volví loca, el concierto resultó mejor de lo previsto gracias a mi carácter obsesivo. Después de los conciertos de Brandenburgo, la Heroica debe ser la obra que más he escuchado en mi vida, unas quinientas veces. Le reconozco melodías perfectas, cosa irreprochablemente emotiva. Esto del romanticismo musical es lo que tiene, pretende llevar tus emociones al abismo del placer o de la angustia, siempre más cerca de esto último. Esta gente no parecía muy optimista. Me fastidia el continuo cambio de humor, de la paz beatífica al retortijón de barriga. Apliqué a la Heroica el slogan de la tónica, al principio no te gusta pero después vas entrando en el placer del regustillo amargo. La música, la buena -queda excluido el tractor amarillo, el submarino amarillo y otra música del verano-, termina por complacerte cuando la escuchas unas doscientas veces (aproximadamente) aunque le tengas manía al compositor.
La orquesta de jóvenes de hoy no es la de hace dos años. Ya es un grupo al que da gusto escuchar, ha crecido. (tengo la sensación de haber dicho esto antes) Maravillosa la impresión de asistir a la entrada de cada familia, bloques compactos de instrumentos desarrollando sus melodías, de reconocerlos claramente, sin barullo. Es como cuando se entiende perfectamente la letra de alguien que canta según los cánones líricos. Posiblemente su directora tiene mucho que ver en esto. Chapeau Virginia.
Aproveché la circunstancia de que el director de mi coro se sentó junto a mí, buscaba el hombre la fila 15, pasillo ancho para estirar las piernas, para preguntarle por qué nunca cantamos a Bach. Me salió por peteneras: es muy difícil, está fuera de nuestras posibilidades, mucho trabajo para un resultado poco lucido frente al público. Le faltó decirme que los oyentes no aguantan a don Juan Sebastián. Mi hermanico Manolo, asiento más allá, aprovechó para meter puyas contra mi músico favorito.
Esta batalla no ha hecho nada más que empezar. Querido director, estamos en guerra. Viva Bach.
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