
Subir sobre la bicicleta se le hacía penoso, aunque fuese para complacer a Antonio. Echaba de menos cuando el escultor amasaba maternidades. La mecedora, el nenuco entre los brazos, los calzos sujetando los balancines, la quietud para que él tuviese tiempo de recoger el instante en que el niño, sostenido en el aire, braceaba, incluso sonreía.
Desde hace algún tiempo, viró hacia lo ciclista. Todo artista pasa por etapas, y mientras más viejo se hacía, más buscaba el movimiento, quizá para compensar la rigidez que se le iba trazando en las articulaciones.
- Vamos, nena, súbete a la bici. Quieta. Echa la pierna izquierda hacia atrás. Así, así. Casi lo consigues. Sube la cabeza.
Pasada media hora tenía el culo y las palmas de las manos dormidas, los codos empezaban a doblarse y un tenue temblor subía desde las plantas de los pies, firmes en los pedales, hasta la rodilla. Antonio, pegote a pegote, copiaba sobre el armazón de alambres su figura rolliza, el gran cuerpo sostenido por piernas de alambre.
No sabía Josefa si aquellos leves temblores eran cosa del bajón de azúcar ante el ejercicio ciclista o de la rigidez del cuerpo. No sabía Josefa si cuando su marido le decía que subiese a la bici, afirmando con convicción que el ejercicio la ayudaría a reducir su glucosa disparada, era un acto de amor o una simple argucia para ahorrarse unos euros en el pago de modelos. No sabía si tanto esfuerzo era un bien en sí mismo o un camino previo a la fama y la eternidad. No sabía, pero se dejaba hacer.
Mi madre, observadora mujer, aunque a veces equivocada, decía que con el tiempo a los diabéticos se les adelgazaban las piernas y perdían la cintura. Lo cierto es que las mujeres que esculpe Antonio Campillo responden a ese esquema. Gallinas de pata fina y cuerpo de globo.
A mí me gustaría que Antonio Campillo me esculpiera antes de morirse, es un deseo imposible, como otros muchos, ya que no doy el tipo, a pesar de los años, sigo teniendo unas piernas como las de Gento.