Violines de la filarmónica de Berlín.

Un día se te aparece la virgen y comprendes aquello que durante años se te escapaba referido a valores estéticos fundamentales.  A mí la estética me importa mucho y la tengo plagada de prejuicios.

 Cuando mi señora madre, doña Anita, decía “le va tan bien como a un santo dos pistolas”. En ese momento había pasado por delante algún conocido con un pantalón de cuadros amarillos y verde pistacho y una camisa de flores rosa y fucsia. No veías la relación entre el dicho y la presencia del sujeto ya que tú eras de la misma onda que el pecador.

En el Víctor Villegas, ante los Violines de la Filarmónica  de Berlín entendí el argumento. Desde la infancia sufro una afición patológica por Bach, no crean que soy precoz, es que a mí la infancia me duró hasta los veintitantos años. Por Bach, Vivaldi, Pachelbel y otros de su generación. Hay algo que me obnubila en la música del barroco, aunque voy barruntando que ese invento del bajo continuo es una representación musical de mi pensamiento. Siempre hay un devenir de ideas peregrinas imparables sobre las que se desenvuelve el trabajo, la conversación, la película que esté viendo o las vueltas en la piscina. Nunca se para, es mi bajo continuo. ¿Hay una afinidad entre la música del barroco y mis biorritmos?

Los barrocos elegían como instrumento colchón al fascinante clave, el chelo o cualquier instrumento chirriante que contrastase con la delicadeza de los violines, la flauta… realmente el bajo era un marco que hacía brillar todo lo demás. Aunque si pongo en práctica lo poco que sé de música, elegir, elegían poco, según creo no tenían la costumbre de añadir a la partitura el instrumento más adecuado a cada voz, aplicando una noción económica a la música. Tocaban con lo que más a mano tenían.

Y es que los berlineses, por razones que se me escapan, (posiblemente es más fácil encontrar en las salas de concierto un piano que un clave) pecaron gravemente al acolchar las piezas del barroco con ese invento del demonio que es el piano.

El resultado fue decepcionante y ahí comprendí la intransigencia materna. “Como a un santo dos pistolas”.

 

Un santo

Un santo

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