Madrid, excursión de otoño
No envidio a los madrileños. Vivir Madrid es la aceleración permanente. A veces imagino que la tierra es un gran cuerpo vivo con sus enfermedades y sus infecciones, Madrid y cualquier otra gran ciudad es un forúnculo en lugar sensible. En su crecimiento atraen una gran circulación. Los coches son los glóbulos rojos o blancos en busca del foco del mal, búsqueda estéril. Yo debo ser el adn del glóbulo.
Me acaba de sorprender el Word, cuando tecleo forúnculo me invita a sustituir por divieso, significan casi lo mismo pero no termino de entender esta oferta.
Para un par de días Madrid está bien. Además de ver a las niñas, que están perfectas, se hacen mayores y, extrañamente, después de superar la adolescencia, ganan en belleza y gracia natural, queríamos ver.
Ver la colección de pinturas enclaustrada durante años en Monserrat y llevada a la capital provisionalmente a la fundación BBVA en el palacio del Marqués de Salamanca. Un edificio noble con patio interior y lámpara gigantesca con la que el “super” fantaseó colocándola en nuestro salón a lo que le tuve que decir que sí, siempre y cuando sacase mesas y sofás al patio para dejarle sitio, cosa poco práctica pero estéticamente bien. No le vamos a hacer la contra por fruslerías.
Los bancos, en sus actividades culturales nos devuelven parte de los beneficios que les proporcionamos dejando que nos cuiden nuestros dineros, así que gratis total. Además de ver cuadros de pintores del siglo XIX (me quedo con Ramón Casas) pude comprobar que un jueves por la tarde cualquier exposición se nutre de jubiladas, entre todos los presentes debíamos sumar unos diez mil años y eso es mucha historia. No sé si prefiero a las ancianas de mi infancia de luto permanente, delantal (sustituto del bolso) pañuelo a la cabeza y las tetas por la cintura porque cuarenta años sin sostén no ayudan a mantener las carnes en su sitio o a estas ancianas que se empeñan en parecer juveniles criaturas tras un biombo de maquillaje y joyas. Me faltan diez años para comprenderlas.
La exposición es atípica si tenemos en cuenta que viene de la abadía de Monserrat estandarte de lo católico en Cataluña, porque los normal de las iglesias es que reciban exvotos y joyería fina de señoras agradecidas por supuestos milagros o cuadros religiosos, pero los catalanes deben tener un sentido abierto de lo valioso (la pela es la pela) y sus curas no renuncian a un cuadro profano y profanador porque es un tesoro aunque no de publicidad a la historia de la santidad. Bien por ellos.
Escuchando “la pasión según san mateo” Juan Sebastián Bach. Otro tesoro.
Tags: costumbres, exposiciones, Viajes
