
- Una escuela
Presuponer que no existen alumnos torpes en los actuales esquemas de la escuela es ser muy optimista. Los hay, solo que decirle a un padre que su hijo es torpe está muy mal visto. Una opinión que te afecta, te descalifica por falta de “humanidad” mal entendida. Otra cosa es pensar que porque son torpes hay que apartarlos en un rincón, ocultos y solos ante su propia torpeza. Que es lo que se hace.
¿Les aplican los maestros mala voluntad y desidia? ¿Hay maestros torpes? También, también los hay.
Decía mi madre, ya sabéis, una mujer sabia y con mucha mala leche, que se hace maestro el que no sirve para otra cosa. Esta afirmación nace del desconocimiento del que ve el trabajo del maestro desde fuera. Y no afecta sólo a los maestros, juzgar la profesión de otro es fácil. El juicio suele ser negativo, ¿quién toma la palabra para defender la rectitud de la pared construida por un albañil o la perfección de la costura que nos hizo el cirujano?
Pennac afirma que los hay y lo afirma desde la experiencia propia del alumno torpe, que hay chicos que no entienden nada de lo que en la escuela se les ofrece y que por eso se enquistan en su torpeza y se transforman en un grano en el culo del sistema educativo. Sistema que no tiene defensas contra ellos ni el ácido estomacal que les permita digerirlos.
Nadie se muere por un grano en el culo (al menos ahora), esta leve enfermedad es incómoda, incluso el propio grano es infeliz. La solución más fácil es esperar a que madure y reviente por sí solo.
¿Quién o qué es el antibiótico que le haga sanar?
El maestro que debería aplicar la máxima de “Trabajo es trabajo”, y que el mejor trabajo es el que está bien hecho, según el principio de que si bien la perfección es inalcanzable, hacer todo lo posible para llegar a ella es lo más honrado (para eso nos pagan) y también lo más satisfactorio. Un alumno difícil merece nuestra atención prioritaria sin excusas. Aquí podemos esgrimir múltiples razones a favor de los niños que caminan sin dificultad. Apliquemos el ingenio, exijamos más medios.
Pennac, el autor de “mal de escuela”, fue un pésimo alumno que tuvo la suerte de cruzarse con el maestro adecuado, alguien que le puso la zancadilla y le hizo caer en la cuenta de que era un estúpido, no tanto por desdeñar durante años todo lo escuchado en la escuela y había dejado de aprender, sino por no creer en él mismo, por carecer de la suficiente fuerza de voluntad y paciencia para digerir lo que le habían puesto delante.
Y es que los alumnos también deben poner algo de su parte, cosa cada vez más olvidada.
El crecimiento de los niños está lleno de saltos evolutivos, la maduración no es un proceso rectilíneo, al contrario, tiene forma de escalera, se producen saltos evolutivos visibles: un día se gatea y al día siguiente se camina, un día se silabea y al día siguiente se lee. Parecen saltos, para producirse, para subir al siguiente escalón es necesario lanzar la pierna, afianzar el pie en el peldaño, tomar impulso y equilibrarse. Durante toda la vida escolar es así. Y esta forma de avance no afecta sólo a los críos pequeños, se repite durante toda nuestra vida.
Hay quien se niega a levantar la pierna para alcanzar el siguiente escalón porque no lo ve, porque sus músculos no soportarán el peso, porque tiene miedo a las alturas, porque le duele la pierna…
Pennac tuvo en su vida escolar unos cuantos profesores piedra que le hicieron tropezar hasta que reconoció su propia torpeza y se decidió subir escalones, como acto voluntario y esforzado..
Ningún padre pide responsabilidades al oculista cuando le dice que su hijo tiene cinco dioptrías en cada ojo y que no ve bien. Se rasca el bolsillo y le compra unas gafas.
Reconocer las limitaciones intelectuales de nuestros hijos es muy difícil, poner los medios para suplirla, muchísimo más.
Aplican los padres, en muchos casos, la política de balones fuera. Otros siempre son los responsables: los profesores, el alumno, el sistema… y se escabullen de la propia responsabilidad, son indolentes, permisivos, estúpidos, irresponsables, tacaños con el tiempo, se esconden tras una montaña de objetos materiales que deberían hacer crecer y que deben sustituirles a ellos. Vivir la relación con los niños de forma satisfactoria es una costumbre que, si en algún momento existió, se va perdiendo porque exige renunciar a cosas sobrevaloradas como viajar, vivir sin horarios con la plena sensación de libertad.
El pensamiento de que cierto alumno con dificultades en otra familia florecería es recurrente en mi vida profesional, privar a los padres de la patria potestad solo se aplica cuando hay delito. En eso la legislación tiene una enorme manga ancha.
José Antonio Marina, ese filósofo de andar por casa, siempre dice, con razón, que para educar es necesaria toda la tribu, y lo hace con la esperanza de convencer a algunos de los indios de que empiecen a hacer visibles sus pinturas de guerra.
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