Los salados
Tenemos una maestra de canto rusa. Decir que es rusa es mucho decir, pero un punto eslava sí que es.
Gracias a su positiva influencia damos alaridos de loca y llegamos al sol 2, al la 2 y al si 2, graciosamente, sin acojonarnos, un poco más y nos salimos del teclado.
Se esfuerza en que comprendamos que modificando nuestra postura, transformando la entrada y salida del aire en un recto tubo y nuestra boca en un bóveda, plagada de dientes, eso sí… ¡voilá¡ , te conviertes en una eficaz máquina sonora.
Mantenerse derecho como vela es difícil. Nos pesan las carnes, los años, las escoliosis, así que, dada nuestra resistencia o la pertinaz influencia de la gravedad, ha inventado la máquina infalible para enderezarnos sin tuercas, tornillos, arandelas, ni motor. Una simple bolsa de sal sobre la cabeza produce el milagro.
Algunos, bajo el efecto hipnótico del aditamento se concentran fijando la mirada en un punto inexistente del espacio y sueltan todo lo que, musicalmente, llevan dentro.
Ya decía Aristóteles que a grandes problemas, sencillas soluciones. Posiblemente no lo dijese Aristóteles, fuese el que fuese tiene mucha razón.
¿Cantaremos el “Membra Jesu Nostri de esta guisa? Me pido una bolsa de sales de baño de color rosa.
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