El bautizo
Después de la tiabuelidad vienen los fastos subsecuentes: el domingo tuvimos bautizo. Graciosamente esquivé asistir a la ceremonia. El cupo de actos religiosos excede la capacidad del vaso con la música coral religiosa. No me quedé en la puerta de la iglesia fumando y de charla como se estila, simplemente no fui.
No tengo muy clara la validez de la entrada en el mundo católico de mi sobrino nieto. El padrino está sin bautizar y muy prudentemente no se lo dijeron al cura, que, como poco, habría puesto pegas a esta falta de legalidad apadrinadora. Aunque, dada la falta de fe galopante que sufren, el curita habría hecho la vista gorda, al fin y al cabo un cordero más en el rebaño no es despreciable.
Parece que el cura barruntaba algo o fue coincidencia que aclarase que Angelito era a partir de ese momento hijo de dios mientras los no bautizados, entre ellos el padrino y unos cuantos primos suyos, quedan en la categoría (inferior) de criaturas de dios, a la altura de los caracoles, las piedras, las aguas de los ríos. Queda el consuelo de que el Papa hace un tiempo diese por clausurado el limbo. Las víctimas de nuestra apostasía quedan a salvo de ese lugar insulso.
Mi hermano, el abuelo de la criatura, nos invitó a lo que él llamó un aperitivo y yo llamaría una comilona. Todo buenísimamente apetitoso. Se notó que los padres de la criatura son cocineros.
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