Cuestión de pelotas
Tengo dieciocho (18) balones de fútbol de toda marca y condición en un baúl del jardín.
Hace unos meses decidí no devolver los balones, es más, dentro de nada pondré un cartelico junto al timbre que dirá: “En esta casa no se devuelven los balones”.
Empezamos de buen rollito con los vecinos futboleros devolviendo la pelota cada vez que se les caía. La costumbre hace derecho y a cualquier hora de la tarde, después de innumerables “pumba, pumba” contra la valla de madera tocaban el timbre pidiendo su pelota. Yo empecé a putearlos ligeramente y de vez en cuando les decía “vuelva vd mañana”.
La cosa derivó en un simple allanamiento del morada un día que no estaba en casa. Se les debió caer y viendo que no había nadie, decidieron rescatar la bola por asalto. No les importó el romero, les sirvió de colchón cuando entraron al jardín. Aún no se ha recuperado, el pobre, del pisoteo.
A partir de ese día no les devolví ninguna. Cuando iba por la número doce vino su señora madre como Kissinger, a negociar. Negociación hubo y le prometí a la señora que se las devolvería si no caía ninguna más y si los balonazos se hacían en horario de respeto, después de la siesta.
Los niños fueron sensibles un tiempo, tan respetuosos que informé a la vecina que aquel fin de semana pondría fin al secuestro pelotero.
En la euforia de la buena nueva, en menos de una hora cayeron dos más, de lo que deduje –mira que soy espabilada- que en cuanto las tuvieran de nuevo volverían a jugar a su bola. ¡Falsarios!
Y hasta ahora: dieciocho.
Para que veáis que soy buena, esta navidad, para la campaña de juguetes, se las regalaré a Cáritas.
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