La Seguridad Social

Este es uno de mis temas favoritos para desvariar. Veinte años estuve bajo los cuidados del Dr C. hasta que salió de nuestras vidas por razones válidas para él pero nunca explicadas a nosotros (sus pacientes) y apareció otra doctora que tomó el encargo de nuestros achaques. La mujer ha durado poco, ya nos avisó ella que lo suyo era algo transitorio, como un estado de enajenación mental,  y hemos rebotado a otra señora médica que pasa consulta por las tardes. Este horario es ventajoso si se mira desde la perspectiva de la asistencia fiel al trabajo pero me he quedado sin la excusa favorita para no ir a trabajar: “Vengo del médico”.

Como la Seguridad Social anda escasa de médicos  en sus horarios planificados da tres minutos por paciente, tiempo que,  reloj en mano,  vuela  mientras tomas asiento y te remangas la camisa para que te tome la tensión, la mujer acumula retrasos. Esperé durante 105 minutos la primera vez que fui a consulta: el tiempo que dura una película, pero gratis, no pagué entrada.
Hubo película. Se podía cortar con cuchillo la impaciencia, los interrogantes sobre qué haría la doctora para ser tan lenta, paseos arriba y abajo del pasillo de pacientes impacientes, entradas de una joven claustrofóbica que decía no poder aguantar el encierro , marroquís que pretendían entrar porque su hora ya estaba cumplida aunque delante de ellos había seis personas cuyo plazo había caducado antes que el suyo, un niño con abuela y madre en trance de subirse a las barbas de los presentes entre gritos y carreras (nene, tate quieto) Incrustada en la silla aproveché para descansar y pasar del mundo,
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 No hay nadie que pida silencio, ni siquiera aquella enfermera de papel del consultorio de la Calle Mayor, cuando el ambulatorio era ambulatorio y no centro de salud.

En los antiguos consultorios de la SS había una enfermera con pinta de actriz de película  que pedía silencio. Las salas de espera, gallinero en el que se fumaba y se disponía de escupideras en los rincones, eran una jaula de grillos. Corría la leyenda de que mucha gente iba al ambulatorio a pasar el rato, buscando cháchara. Los hogares del pensionista no existían, ni los clubs del ama de casa, y encontrarte con los amigos mientras esperabas la receta y charlar en un lugar caliente era una oportunidad que había que aprovechar.
Hay costumbres difíciles de perder, pero intuyo que hoy no vamos a la consulta a charlar mientras esperamos la receta de aspirinas. El ruido de hoy es otro ruido.

 

 

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