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Sigamos hablando de médicos, que no de salud.

Domingo, Abril 13th, 2008

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Quesada Sanz en San Andrés, lugar donde habita mi ginecólogo/a de la SS. Iba yo contenta porque mi anterior ginecólogo, “el tío frío”, había traspasado el umbral de la jubilación. Las mujeres que hayan pasado por sus manos entenderán mi alegría.
 

El relato

 

Primera visita. Doctora “Amable” dixit: ” es posible que la hormona te esté abandonando (cosa lógica con la edad que una tiene) y necesites unas vitaminas hormonales que te ayudarán a pasar de puntillas sobre la premenopausia”. Un análisis de hormonas y vuelva vd mañana. La mujer te entiende y te escucha.
 

Segunda visita (análisis de hormonas en mano) Doctor X, dixit, “esto de mi compañera es innecesario y si tienes molestias te aguantas, no haber nacido mujer”(no lo dijo con estas palabras pero lo dio a entender). Servidora,  en descuerdo total con el sujeto sanitario, que ni te mira ni te escucha, caigo por la oficina del Defensor del Paciente donde una señora intenta desactivarme, como si fuera una bomba de relojería. La cosa queda en ver al titular del servicio para que ponga paz. Nueva cita para dentro de unos días.
 

Tercera visita. Se supone que vas a contarle tus penas al titular,  el hombre está en otro sitio, hace cursillo, está malito, se ha tomado el día libre (no te lo explican) te va a atender el mismo con el discutí. Y me voy sin entrar a la consulta Mañana perdida. Yo, muy rabiosa, ni siquiera paso por el defensor del paciente, total, para qué.
 

Después de tantas vueltas, enfilas al tradicional médico de pago y   les das una satisfacción porque en el fondo es lo que todos ellos desean, que no molestes. Te rascas el bolsillo y buscas una solución a algo que posiblemente no la tiene.

 

 Los años están ahí, y, como decía Mª Teresa Campos, “si después de los 50 no te duele nada es que te has muerto”.

 

 

Hoy, dos años después,  he vuelto a mi antigua consulta de la SS, creo que soy un pelín masoquista o muy tacaña. Allí estaba el titular del servicio, al borde de la jubilación, con la boca llena de dientes, una sonrisa tabaquera y un talonario de volantes para hacer de “to lo nacío”, que diría mi cuñada C.
Continuará…