La Bartoli

El auditorio de Tenerife es un barco, un pez gigante varado en una playa de Santa Cruz. Ofrece perspectivas varias, Mirandiki dice que es un clítoris gigante, pero yo, que ando escasa de hormonas, veo cosa marítima en su espuma blanca de azulejos troceados y me parece más bien, visto de perfil, un barco a punto de ser anegado por una ola gigante y desde otra la gran boca abierta de un tiburón ballena. ¿Habré fumado algo distinto al fortuna?
Allí, en nuestra inconsciencia musical, nos plantamos mi S y yo el pasado sábado 3 de febrero, con nuestras entradicas compradas por internet para escuchar al Cecilia Bartoli. Hubiese preferido el programa de “Opera Prohibita” porque la neura barroca no se me pasará nunca, pero había lo que había, es decir, María Malibrán.
La Bartoli es graciosa, guapa, simpática y canta de muerte. Gorjea, ríe, llora, tiembla, expresa, te encanta. Y todo esto lo sé porque lo he vivido y también porque cuando realmente disfruté de ella fue cuando la orquesta se apagaba y la dejaba a su aire, que es mucho, fresco, cálido y armonioso, todo en uno, como en un buen perfume. No tiene la capacidad de enorme volumen de las grabaciones, eso posiblemente es cosa de la argucia técnica, no es capaz de imponerse sola a todos los músicos de la orquestapero a solas, o en su diálogo con el arpa o el violonchelo te pone los pelos de punta y das gracias porque en el mundo existen personas y voces así, fantásticas.
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