Italia en cien items (del LXI al LXX). L´Umbría. ¡Qué frío!

LXI. Y todo a media luz. Por cada tres farolas callejeras españolas hay una en Italia. De noche, entre las “frazzione” de Montefalco, el campo umbro está así, oscuro como boca de lobo. Despertar en Villa Zuccari, y contemplar al fondo los montes llenos de nieve fue sorprendente. Desayunamos solos, comprobamos que somos los únicos clientes del hotel.

Frazzione: pedanías.

La señora Zuccari viene a saludarnos mientras desayunamos, también ha estado en Bilbao, San Sebastián y Santander. Nos muestra su fascinación por los pinchos y por el jamón.
En Italia un kilo de jamón del malo cuesta unos treinta euros.

LXII. Spoleto, como casi todo lo colocado en L´Umbría, se acoge al subibaja montañoso. Paisaje bucólico que no ha cambiado desde que los pintores del Renacimiento tomasen buena nota de él como fondo de sus cuadros religiosos. Cuesta arriba, no siento los pies, las ampollas se han transformado en callos, están helados  aunque llevo dos pares de calcetines y dos plantillas,  a pesar de eso, este lugar me gusta.

LXIII. Treinta y seis cuestas más allá, llegamos a la catedral. Cerrada. Una plaza alargada y en pendiente la antecede. Me cuesta muchísimo conseguir una foto que enmarque  toda la catedral. Me perderé las pinturas del Perugino.

LXIV. Los escolares italianos salen mucho de excursión, en pequeños grupos y acompañados de innumerables adultos. Barullo infantil en la plaza. Carreras, fotos, padres y profesores pendientes de los críos, pero no tanto como haber previsto la cerrazón catedralicia, posiblemente los críos lo agradecen. Son las once de la mañana.
La iglesia de San Pietro,  aparece en las afueras, cuando ponemos rumbo a Perugia, nos llama, peldaños más allá, con su fachada de cómic y un gato mimoso que se roza en mis piernas. Está cerrada por obras pero su fachada tiene mucho encanto, la piedra nos cuenta todos los males que el hombre puede sufrir en el infierno, las penalidades y los indecibles tormentos que nos acechan tras el pecado.
No me queda otra que reflexionar sobre la propaganda católica basada en la crueldad y concluyo que el pecado no es buena cosa. El pecador católico tiene la amenaza del infierno. El pecador laico sufre el acoso de su propia mala conciencia lo que torna su vida en el mismo infierno. 
LXV. Perugia es un frigorífico. Aparcamos en los laterales de la roca Paulina. La puerta Marzia,  de construcción etrusca se abre para nosotros  que pasamos a un laberinto de calles subterráneas. El renacimiento en Italia se desenvolvió en lances guerreros y el gusto refinado de los propios contendientes que dejaron, para suerte nuestra, un rastro de sangre y obras de arte.

Anduvo Perugia durante años a la greña con las ciudades próximas. Los Baglioni, señores de la ciudad construyeron las bases de lo que hoy es la roca Paulina. Un entramado de calles amuralladas que los ponía a salvo de sus enemigos.
Paolo III les puso límites,  harto de sus correrías o envidioso de su arrogancia y, aunque en principio pensó abrir el enclaustramiento de la fortaleza a los perugianos, transformó la roca en un habitáculo para él y sus fieles.  Los papas son guerreros, aunque en los últimos siglos se han descafeinado.

La administración del siglo XIX, transformó la antigua fortaleza papal en un espacio artificialmente elevado que guarda en sus tripas la arquitectura guerrera antigua. No me hago responsable de las inexactitudes históricas, todo esto lo he deducido de un documental que vimos en italiano dentro de la roca, un euro de entrada.
Ahora es galería comercial, sala de exposición, sala explicativa de la propia historia del lugar,  recinto para esculturas de Alberto Burri, escaleras mecánicas. La escasa luz te acoge y sus muros bestiales te aíslan  del frío en un laberinto de  callejas que comunican lo alto de Perugia con el centro.

LXVI. No haber comido a las cuatro de la tarde en la Italia otoñal es un error. No encontrarás otra cosa  que  una pizza pastosa y mala en un tugurio sin baño.
Subsanamos el apuro  fisiológico en un baño automático: cabina de acero inoxidable que se abre con ruido de nave espacial. Dispensador de jabón, de papel de manos accionados con células fotoeléctricas, en algún momento esperas la mano mecánica que te limpie el culete y te suba los pantalones, pero no pasa. Cuando traspasas la puerta aliviado de la cosa fisiológica, echo de menos ser puro espíritu cuando estoy de viaje, esta se cierra como una olla spress y entra en proceso de autolimpiado al vapor.
Tres grados bajo cero en la calle. Unos chicos tocan la flauta y piden limosna. Espero que tengan techo donde dormir esa noche.

LXVII. La plaza Comunale es un ir y venir de gente helada. La fachada de la catedral parece haber pasado un guerra incierta, está sin terminar. Una fuente maravillosa que da grima por el puñetero frío.
El frío aconseja ponerse a cubierto y La Galleria Nazionale dell´Umbría nos acoge en seno. Colección variadísima y cronológicamente ordenada. Todos los  que antes estuvimos en la plaza invadimos el museo. La calefacción hierve y  me sobran tres chaquetas y algunas bufandas. Espacios diáfanos, silencio. En la tercera planta la vigilante hace plácido ganchillo. Yo llevo el mío en el coche por si hiciera falta.

LXVIII. Al salir, son las seis y compramos sellos en correos. Número, cola, palabras en italiano. Azurro, il pomericcio azurro, dixit Paolo Conte. Por fin podré mandar las muchas postales que he comprado.

LXIX. Hay hambre, la pizza turística queda en el olvido y nos permitimos el lujo de cenar en Villa Zuccari. Es el único hotel donde nos preguntan al regresar si deseamos cenar. Pasta con  tartufo (trufa), ensalada exótica y vino del terreno, bueno, pero no buenísimo. Nos abstenemos de los dulces que intuimos excelentes. La señora Zuccari es la repostera del hotel y sus golosinas del desayuno son de pecado. Compartimos comedor con otra pareja. No hay más huéspedes en el hotel.

LXX. Da pena dejar un hotel tan bueno y bonito como Villa Zuccari,lo de barato es cuestionable, ahora que habíamos aprendido a llegar sin perdernos.
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Spoleto.

Viñas en otoño de L´Umbría.

Trajines del infierno, fachada de San Pietro en Spoleto.

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