Italia en cien items (del LI al LX) ¡Oh! Nápoles

LI.    Nápoles, después de las cinco de la tarde es una ciudad que ha sufrido una guerra. A media luz paseas por las calles vacías inundadas de basura, escuchas rifi rafes entre los coches y autobuses, ves grupos de hombres solos en las puertas de lo bares y vives la  sensación (aumentada por el consejo del personal del hotel) de que hay calles en las que no debes entrar.
LII.  Ligue a la napolitana: Temperatura agradable, tres rusas jóvenes solas en una mesa, tomando un café, charlando. Un minuto más tarde se sienta un maromo a su lado y no deja de mirarlas, está hipnotizado por la buena pinta y la frescura de las zagalas. Se toma dos “red bulls” y le falta babear. Le suena le móvil y se va. Dos minutos más tarde llega el relevo, dos hombres maduros hacen el mismo ritual de miradas rasposas que no las dejan en paz. El camarero les acaba de traer un café cuando ellas se levantan. El resorte de la oportunidad única les activa el mecanismo de “el café de un trago”, dejan las monedas sobre la mesa y las siguen hacia la plaza Garibaldi. 
LIII. Aventura en el extrarradio: cogimos el autobús 157 para ir desde el hotel a Plaza Garibaldi, perfecto acceso para el centro de Nápoles. Un euro da para viajar durante noventa minutos en transporte público. Empieza a correr el billete cuando lo picas en el propio autobús, no pica ni dios. El autobús va tan lleno que es imposible llegar a la máquina.
Comprobado  que después de las cinco está de noche, las tiendas cierran, recogen los puestos callejeros y  y salen hombres de dudoso aspecto,  queremos volver a nuestro hotel (Tiberio Palace) .
Pillamos el 157 en la plaza Garibaldi y cuando parece que va a enfilar la calle del hotel, le da esquinazo y entra en la autopista, llega a Ercolano, Torre del Greco, Torre Anunzziata y quedamos  aparcados en un solar oscuro media hora para el descanso del conductor. Entendemos que la lógica circular de  de los urbanos españoles aquí no rige y que un autobús napolitano no hace en la ida las mismas paradas que en la vuelta.  Este dato también sirve para los autobuses de Siena. Dos cigarrillos y trescientas vueltas turísticas después por los pueblos que rodean Nápoles, volvemos a la plaza Garibaldi donde nos explican que, tomándolo allí, cualquier autobús nos lleva a la Vía Ferraris, excepto el 157. ¡AH!

LIV. Nápoles es un caos muy vivo. Calles sucias donde se amontona la basura, un contenedor solitario es la señal para apilar toneladas de bolsas,  miles de coches, autobuses y motos que nunca se paran en un paso de cebra, vigilantes de museos que hacen corrillos, charlan y se olvidan del trabajo, restaurantes donde no se permite fumar pero que vigilan tus cosas mientras sales a la puerta y te echas un cigarrito, edificios desconchados y en medio de todo eso, iglesias, museos de lujo,  adornadas por los napolitanos, espontáneos, habladores, agradables. Un día completo de callejeo, tiempo para perderse.
LV.  Capodimonte: prudentes, cogemos  taxi en Garibaldi huyendo de la aventura de coger un autobús de ruta imprecisa. El taxista ha estado en Bilbao, en Madrid… intuye que soy maestra y nos da consejos sobre cómo enfrentar la ciudad.
Capodimonte está en uno de los extremos de la ciudad, sobre un monte (como su nombre indica). El taxista da un rodeo y deja de lado el secular embotellamiento. Temporada baja, rebajas, y nos regalan con la entrada una tarjeta Nápoles Card, invitación a visitar otros museos de la ciudad y transporte gratis. Niños, niños preadolescentes de colegio masculino a los que acompañan algunos curas. Van pasando por las salas y haciendo saltar las alarmas, corren, se desmadran, no miran un cuadro ni una escultura. Rebosa el vaso y uno es prendido de la oreja izquierda y entregado a uno de los curas. Huyen al parque, los encontramos en retirada al salir.

Museo interminable con exposición temporal de pintura del siglo XX Intercalada entre la colección permanente que también incluye obra contemporánea.
LVI. Pizza Napolitana en casa Bruno. La leyenda dice que la pizza se inventó en Nápoles. Pizza elemental: tomate crudo rallado, mozarella de búfala, aceite, olivas negras y alcaparras. Exquisita y exótica a pesar de los ingredientes. Servicio basto e infantil. Fuerzas para escalar hasta la Certosa de San Martino. Se nos hace de noche.
Certosa: Cartuja

Suponer que una cartuja es un monumento a la austeridad y la vida contemplativa adobada en la pobreza es  un error en este caso. Un tesoro con vistas a la bahía de Nápoles. Somos cuatro visitantes dentro del edificio, todo nuestro. Los vigilamuseos están reunidos en uno de los claustros centrados en una discusión ¿sindical?.
La primera impresión nos golpea en la sala de los bodegones, el olor a fruta decadente satura el aire. Un bodegón natural: granadas, naranjas, limones, uva se descomponen lentamente en una mesa, complemento sorprendente. Decido pintar un bodegón para mi salón, el cuerpo me lo pide.
Caminar solos bajo los frescos de la sacristía, los mármoles de la capilla y las pinturas oscuras de Ribera rompen mi antigua idea sobre la vida monacal. Yo aquí me dedicaría a la vida contemplativa (de los frescos y las pinturas).

LVII. Hace frío en Nápoles y en toda Italia. Viento ruso. Intentamos de nuevo ver el cristo Velato, imposible, martes cerrado. ¡Qué disgusto! Tendremos que volver a esta ciudad. Ha llegado la navidad y en las tiendas venden figuras de Belén y panderetas. Controlo mi ansia por comprar algo. Me duelen los pies, para variar. Hoy no nos equivocamos de autobús.
LVIII. Ciao Nápoli. Ya sé decir alguna palabreja en italiano, aunque esto del ciao en boca de español me parece una cursilada. Es una pérdida de tiempo  lanzarse al aprendizaje del italiano porque ellos nos entienden y si está de dios que te hablen despacito, tú los entiendes. He leído mucho en italiano estos días y echo de menos el diccionario que dejé en casa.
LIX. Parecerá un pecado dejar atrás Pompeya, Ercolano pero somos viajeros raros y nos vamos a Paestum, muy al sur. El paraíso de la mozzarela de búfala. Grecia en Italia.
Cinco visitantes, incluidos nosotros. Templos griegos, ruinas romanas, pinos piñoneros, toperas  y un frío de mil demonios. Ya no me quedan abrigos que ponerme. Me gusta este lugar aunque sufrimos una tormenta rabiosa. Pizza con las olivas más exóticas que haya comido nunca.
LX. No sé si prefiero las aglomeraciones calurosas de mi agosto de vacaciones o el frío, la lluvia y el anochecer temprano del mes de noviembre. Cientos de kilómetros más allá, de carreteras oscuras y de dos horas de vueltas por las huertas de Montefalco (algo así como perderse entre Molinica, la Garapacha y la Hurona buscando tu hotel) encontramos una cama tamaño campo de fútbol en habitación deslumbrante y cara a un jardín toscano aunque estemos en L´Umbría. El hotel “Villa Zuccari”, extraviado en lo rural nos complace, es una de la madrugada. ¡Por fin! Una cama.
vesubio.jpgnapoles.jpgla humilde sacristia.jpgpaestum 1.jpg

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