Italia en 100 items: (del XCI al C) Florencia, San Gimignano,
XCI. En pocos minutos se llena la galería, a ritmo de paso bajo el detector de metales y bombas. Su aspecto es el de una oficina con miles de solicitantes. Realmente este palacio fue la sede administrativa de los Medici, las oficinas. La galería existe en el sentido literal, en el último piso, un espacio acristalado, un paseo interior con cientos de cuadros y esculturas acumuladas por la familia Medici. Un baño de pintura, los cuadros de mi infancia, los que me explicaron cuando hice el bachillerato, los Boticelli, da Vinci, Rafael, Perugino en medio de una decadencia incierta.
XCII. Comer en la hostería “Il desco” fue una tortura lenta. Tenemos las entradas compradas para L´Academia, con hora fija. Junto a nuestra mesa un grupo de mujeres de edades varias nos vuelven locos. Nunca se callan, los italianos nunca se callan.
Prisa sin cuento porque llegamos a L´ Academia y no hay cola esperada. Nos cruzamos con unos trescientos japoneses en la calle que siguen una banderola amarilla. El “David” de Miguel Ãngel sigue siendo hermoso, cabezón y macizo. La luz artificial no le favorece. Cuando lo vi hace quince años, de día, con luz natural, se nota que es una escultura para la calle.
XCIII. Florencia hierve y nosotros, es sábado tarde, compramos cosillas en un supermercado popular: pan forte sienés (una masa de azúcar, frutos secos y frutas confitadas muy alimenticio) y mortadela modelo sábana, otra vez. Los italianos comen mortadela porque el jamón a la par que malo es carísimo. A mí me gusta la mortadela, le encuentro un encanto especial, no sé si debido al sabor o a que te haces la ilusión de comerte un traje de flamenca rosa y blanco.
XCIV. San Gimignano nos llama, citado en todas las guías es un pueblo medieval turístico sobre colina. Me recuerda mi etapa de criadora accidental de periquitos. Los pájaros peleaban a pico partido por ganar los palos más altos de la jaula, la altura debía ser un símbolo de status. ¿Dónde está el paralelismo? San Gimignano, según algunas guías llegó a tener 64 torres de diferentes alturas. Los vecinos acaudalados competían entre sí en la altura de las torres que podían construir. Torre más alta, mayor inversión, mayor estatus como los periquitos.
XCV. El subibaja de las cuestas termina por agotarnos. Lo interesante del pueblo es su aspecto medieval, como de película. ¿qué películas se han rodado en este pueblo?
La mayoría de los restaurantes están cerrados, noviembre es temporada baja y aprovechan para tomar vacaciones. Comemos en un restaurante compartiendo todo el espacio con una familia inglesa y dos camareros que evidentemente están a la greña por motivos misteriosos. La comida está buena pero la tensión es desagradable.
XCVI. Por la tarde, después de descansar, decidimos entrar en el museo cívico. 3,5 € por visitar el arqueológico, la especiería de Santa Fina y la Galería de Arte Moderno, todo en uno.
Estaba saturada de la cosa arqueológica, así que miré sólo por encima, los restos de lápidas, las urnas funerarias (lo que se mueren los italianos), las cerámicas la especiería es otra cosa: el conjunto de envases, herramientas, productos y usos que hicieron funcionar la farmacia del hospital de Santa Fina durante siglos. Una exposición única, curiosa y rara.
Que santa Fina sea titular de un hospital viene como anillo al dedo, para entenderlo, lee su biografía.
XCVII. Curioso es también que un pueblo de sólo 7000 habitantes tenga un museo de arte moderno consolidado a partir de la colección particular de un pintor local. algunas obras son francamente buenas, me pareció una magnífica idea colocar sofás en los rincones del museo. Vive dios, ¡hay gente caritativa en este mundo! .
Hay una estrecha relación entre la pintura y la Toscana. El paisaje, pintable cien por cien, llama a pintores que se establecen aquí en talleres y tiendecicas que exponen y venden su obra. Copias y copias del paisaje toscano pasadas por el tamiz de los colores pastel o lo artísticamente pastelero.
XCVIII. Como volvemos temprano utilizamos el funicular para subir a Certaldo alto. El tren escalera es manejado a distancia y parece el tren fantasma. Vamos solos. Otra ciudad de aspecto medieval, ahora a la luz de las farolas. El conjunto es algo lúgubre, las calles están vacías, comercios y bares cerrados.
Certaldo tiene el honor de ser la cuna de Boccaccio sí, sí, sí, aquel que escribió ”El Decamerón” y si abrís la página de wikipedia, bastantes más cosas, sólo que el “Decamerón” fascina por aquello de los cuentos pícaros y picantes. Es que el sexo mueve el mundo. J
IC. Desde hace días me ronda la idea de comprar una cerámica toscana. Frutas de colores rabiosos y vidriado resplandeciente: carísisisissima, me quedaré con las ganas.
C. Aún estuvimos un día más en Florencia. Y.. es verdad, sí, nos levantamos tarde, se nos escapó el tren de las diez por tres minutos y , para más INRI, la dinámica de tren cada hora se rompe justamente entre la diez y las doce, a la una estábamos en Santa María Novella. Tiempo justo para subir a la plaza del “David” en taxi si se nos ocurre subir andando aún estamos en ello-, un mirador sobre los tejados y cúpulas de Florencia, cruzarnos con una boda de japoneses con limusina blanca (los japoneses son surrealistas per se), hacernos unos cientos de fotos y empezar a buscar los jardines Boboli, que encontramos relativamente. La duda sobre su extensión y el sentido práctico, lo que yo llamo “turismo amable” no llevó hasta el puente Vecquio y después hasta la trattoria Nella, donde comimos bien y mal: bien porque la comida está buena, y mal porque el dueño y sus amigos se empeñaron en hablar, hablar, hablar, hablar, en italiano (los muy jodíos). Tanta palabra me obliga al esfuerzo de sopar, de intentar entender qué dicen, y eso es un trabajo titánico incompatible con el acto de comer con calma.




La galeria de los Ufizzi, foto robada con móvil.
San Gimignano, torres.
Certaldo bajo visto desde el funicular.
Boda japonesa en el mirador de la plaza del David en Florencia.