I. Cecilia y Carletes
Jueves, Septiembre 13th, 2007
El dragón y la princesa
Una vez un dragón sin dientes visitó a una princesa estudiosa y caprichosa. No tenía intención de hincarle el diente porque era vegetariano.
El dragón, desde pequeñito se había negado a usar cepillo y dentífrico. Tuvo muchas caries y dolores de muelas. Su madre, viendo cómo sufría y lo mal que le olía la boca, quiso llevarlo al dentista para que le hiciese unos arreglos, pero todos, en cuanto los veían entrar en la consulta se escondían o salían huyendo, dejándolos con la palabra en la boca. Los dentistas no han estudiado para curar bocas dragoneras o son cobardes, no se sabe.
Carletes, que así se llamaba el dragón cumplió nueve años con una boca blandita como una esponja, no podía masticar nada y su madre lo fue acostumbrando con paciencia al gazpacho, el puré de verduras y otras delicias vegetales que podía tomar a cucharones o con pajita, según el hambre que tenía.
La princesa Cecilia, una niña caprichosa y coqueta paseaba a diario bajo las muros de su castillo. Su padre le había advertido del peligro que corre toda princesa descuidada, pero ella, cabezota y desobediente se cogía las muñecas y se sentaba bajo las piedras de la muralla. En cuanto su padre le decía que tuviese cuidado montaba una rabieta, chillaba y pataleaba y al final se salía con la suya.
Una tarde de septiembre, cuando no tenía institutriz por la tarde, estaba sentada enseñando a las muñecas cómo hacer las restas con llevadas cuando el sol se oscureció, como si una nube con prisa se hubiese puesto en medio. No había nube, era un dragón de setecientos kilos, grande como una furgoneta sin contar la cola. A Cecilia se le pusieron las coletas de punta y le dio de pronto mucha gana de hacer pipí, cosa del miedo espantoso que le produjo la visita de Carletes. Le dio un mareo y cayó redonda entre las muñecas despatarradas.
Carletes no entendía nada, porque él se veía como un ser muy normal, incluso guapo.
—Niña, niña le decía tocándole la carita con el dedo índice de la mano derecha, intentando despertarla- que no es hora de dormir.
Su dedo, gordo y terminado en una tremenda uña le hacía una marca roja en la cara cada vez que la acariciaba, y es que los dragones no tienen conciencia de su fuerza ni del filo de sus garras. Le sopló suavemente, controlando su fuego, echando una nube de ceniza que tiznó la cara de Cecilia.
—Niña, niña, niña, niña dijo mil veces.
Cecilia oía en sueños el vozarrón del dragón y no sabía si abrir los ojos o quedarse así para siempre, tenía miedo y al tiempo iba pensando que si aquel bicho no se la había comido sería por algo, que su padre se iba a poner hecho un demonio por llegar tarde a castillo y que necesitaba merendar. Tantas emociones le habían dado hambre.
Abrió un ojo rápido, como si muelle tuviese en párpado y lo que vio le recordó al dragón de peluche que tenía en su cuarto e inmediatamente dejó de lado su miedo y dijo:
—Te invito a merendar. Hay zumo de pera y unos yogures.
Carletes pensó que había ganado una amiga y la princesa que si el dragón comía yogures no comería niñas.
Cecilia lo cogió de la zarpa y se lo llevó despacio hacia el castillo escuchando el plof, plof, plof que hacía la cola sobre el camino.
Lo siento, pero el dibujico está fusilado de la página de un ilustrador.
