Blandiblú

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Muchos críos de ahora son blanditos. Podríase pensar que es genético, pero no , todo es resultado de la educación más esmerada.

“Niño mimado, niño estropeado” decía Dña Ana: razón tenía la buena mujer precisando que el concepto de mimo actual es el suyo multipliado por siete.  En apariencia muchos padres se agobian por los contratiempos que sus niños pueden sentir y, en consecuencia, ponen a salvo al crío de cualquier sinsabor que le toque probar.

Digo en apariencia porque ese exceso de mimo muchas veces enmascara indiferencia y falta básica de amor.
Los niños de ahora no se caen, no se hacen raspaduras en las rodillas porque los parques están alfombrados; si son capaces de montar en una bici o en unos patines, será con coderas, espinilleras, casco; si van de excursión será con una Biblia de recomendaciones sobre salud y dieta determinada por lo que le gusta al sujeto:   un carretón de golosinas;  un insulto es una ofensa que puede llevar a los padres a reñir al agresor sin preocuparse de que el otro sea tan niño como su propio niño; un  incidente con un compañero es acoso; las notas malas son resultado  de un compendio de factores siempre externos a la criatura y que intentan justificar el “fracaso”:  ”su” niño es la víctima de la ineficacia del sistema educativo, de las enfermedades psicológicas y físicas que el pobrecico sufre, del estrés,   la intolerable  presión que el escolar vive (tiene que hacer deberes) y nunca, nunca será la consecuencia directa de que:

a) el crío es un zoquete.

b) no trabaja lo mínimo.

c) es incapaz de organizar  los treinta objetos que debe controlar (material escolar, ropa, juguetes).

Empecé poniendo este título porque tengo la sensación de llevar entre manos una generación blandiblú: blandos ante la exigencia, el esfuerzo, perezosos, quejicas, y encima con el respaldo unánime de sus señores padres. Trabajar en enseñanza es cansado  física y mentalmente y,  el mero cansancio  no justifica la persistente sensación de estar en un tarro de blandiblú, pringada hasta las cejas de un líquido asqueroso que,  en nada,  no me dejará respirar. Blandiblú era una materia viscosa, juguete que se vendió durante un tiempo para probar  la resistencia de la infancia y sus madres a las materias asquerosas.  Un gel más denso que un champú y menos  que la miel que tenía la facultad de escurrirse entre los dedos, lo más parecido a un moco verde en frasco.   

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