Músicas psicológicas

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Hace unos días tuve que quitar del cochecico un disco (pirata) con las Bachianas brasileñas de Héctor Villalobos en un intento (¿vano?) de seguir aplazando la búsqueda de un psicoanalista decente que me arregle la cabeza. Los violonchelos en un vaivén arrastrado desde las profundidades de las notas engarzaban un rincón del píloro y revolvían las tripas, me ponían un nudo en la garganta y martilleaban  palpitaciones cordiales, tres claros síntomas de ansiedad que desata ¡esta! música cuando voy rumbo al trabajo. ¡Vade retro!

Como soy ahorrativa  e intento esquivar el psicoanálisis (vale una pasta)  observo la influencia (buena o mala) de la música en las personas y en mi misma, así he llegado a la conclusión de que el Mesías de Haëndel  me levanta el ánimo. Lo tengo grabado en el mp3 y lo escucho como mínimo tres veces por semana.
Es mejor una  “escuchada” del Mesías que una cucharadita de Prozac.

Alguien puede pensar que es aburrido y reiterativo, pero entre los 20 y los 22 años sólo escuché los conciertos de Brandenburgo de Bach y nunca me aburrí, dejé de oírlos  porque los tenía en discos de vinilo y se rompió el tocadiscos.
Los filósofos griegos ya hablaban sobre la relación entre la música y la conducta de la gente, eran antiguos pero listos. Ni pienso entrar en detalles sobre lo que otros filósofos, políticos y cabezas pensantes urdieron manejando esta idea, pero simplemente apunto que no hay emoción peliculera sin música de fondo.
Ya sé que existe la musicoterapia.

Quizá haga una lista de músicas beneficiosas o perjudiciales para mi salud mental, buscaré un hueco en la agenda.
Cajamurcia ha programado el Requiem  de Mozart interpretado por una orquesta y coro rusos, ya sé que ellos son la leche, por rusos, pero nosotros somos murcianos y también nos lo sabemos. Un poco de paisanismo a veces es muy recomendable.

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