Por cosas del azar salimos de fin de semana huyendo del mundanal silencio de Molinica, ganas de romper la rutina, que aún no se ha restablecido habidas cuentas que hace menos de quince días corríamos por Úbeda y Baeza.
En un laberinto de rotondas, dirección Almería, en el término municipal de Vera (emporio de nudismo nacional) está “Est Valley ” golf resort. ¡Oh, la, la ¡
Nos lleva allí la cosa de la oferta fin de semana: alojamiento en hotel cuatro estrellas, desayuno y masaje relajante: 90 euricos iva incluido. Una ganga. Si te rascas un poco más el bolsillo tienes derecho al uso del gimnasio y el spá.
Un spá es una piscina de forma rara llena de agua caliente, fría, según la charca que elijas, saturada de cloro y en perpetuo movimiento de burbujas, chorros y chorrillos y que tiene efectos milagrosos. Cuatro horas de spa, para amortizar la inversión, más un masaje de media hora, te hacen desarrollar un sueño de once horas, cosa que no me había pasado desde que llevaba chupete, casi un milagro.
Las habitaciones no están mal, el aire acondicionado está limitado a un máximo de 24 grados. Cosa muy conservadora del medio ambiente en un negocio poco ecológico. El desayuno es flojito tirando a malo: una espera, en un antro del lujo como es el resort, un zumito de naranja natural, una repostería recién hecha y huevos fritos de tórtola, pero no, el zumo es de bote, la bollería de Martínez y los huevos de gallina.
El hotel está lleno de señoras y señores que juegan al golf, que usan zapatos de golf, bolsa con palos y que visten uniforme de golfistas. Los hombres y mujeres que practican el golf se parecen entre sí, excepciones aparte: todos son de mediana edad, tienen barriguita (ellos), media melena de pelo alisado y teñido (ellas) y chaleco con camiseta de manga corta (ellas también). Están más morenos que el común de los mortales, aunque deduzco, imaginándolos en bolas, que el suyo es un moreno albañil, cosa de la que estarán orgullosos ya que a más moreno más partidos a la espalda. Hay muchos ingleses color salmonete.
No sé qué significa golf resort pero, después de mirar folletos e informaciones, he deducido que es un conjunto de viviendas y negocios organizado en torno a un campo de golf. Es un tipo de empresa que sé da mucho dinero y trabajo pero que no termina de gustarme. En Santander los campos de golf (donde la hierba crece por naturaleza, porque llueve mucho, ¡leche! , por eso hay hierba) serán un invento divino pero en Murcia y Almería son una mera contradicción ya que el golf no se entiende sin césped, y el césped es un elemento natural que se esponja en un agua que no hay. Criar una verdura que no se come, en su justa tonalidad y suavidad, para jugar con una pelotica que se debe colar en un agujero, me parece un desperdicio. Es decir, podemos jugar a otras cosas, desde el bingo al parchís. Pongámosle imaginación. Me dirá el golfista que jugar bajo el calabobos es un incordio in-to-le-ra-ble y que él tiene la pasta suficiente para pagar los gastos que un campico de golf origina en Murcia y la Conchinchina. Cuestión de pasta y de ¿pijerío?

Estos tipos, golfistas, son deportistas comodones, les gusta jugar con temperatura ideal, entre quince y veinte grados está bien, con leve sol de invierno, con tierna hierba de un centímetro para que la bola caiga, en campo de 18 hoyos, sin lluvia, disfrutando del aire libre, caminando los 18 hoyos. ¿caminando? ¡Qué dices! Para eso está el boogui, un cochecito eléctrico que les evita el paseo. Los que caminan son los raros, los que luego, además, terminan la jornada machacándose en el gimnasio.
Visto así ni es deporte ni es ná, un juego de puntería en medio de bancales de césped, cosa de niños caprichosos.
¿Para cuando el invento del campo de secano donde se persigue a la misma bola entre el esparto, los guijarros, las grietas de sequía y donde el agujero se puede confundir con la madriguera del conejo y del zorrillo? Eso sí sería un deporte interesante, lleno de sorpresas e improvisación y aventura.