Réquiem en el Romea
Ver las caras de felicidad del público a la salida del Romea fue gratísimo.
La emoción del Réquiem pasó de nosotros a ellos y, mientras yo me lo tomaba fríamente, el público debió sentir los pelicos de la nuca en punta. Esa era su obligación.
Durante las actuaciones pusimos en marcha la máquina de cantar observando atentamente la expresión dramática de Dña Virginia Martínez en su registros más puros, desde la virgen buenina de Murillo hasta la de hidra iracunda. La obedecimos “amorosamente”porque estamos seguros que nos llevará por buen camino.
Mantener la cabeza fría en los conciertos ha sido resultado de un trabajo arduo, a veces monótono, otras divertido. Yo he conseguido controlar mi dosis de emoción durante los ensayos. Al principio Rex tremendae tuvo la habilidad de ponerme un nudo en la boca del estómago y dejarme sin respiración. Abraham me ha dejado sin voz más de una vez sacando lágrimas donde no debía haberlas, Lacrimosa, en su pirueta inicial se resistía por exceso sentimental. Hacer cosas durante meses mientras tarareas partes del Réquiem te pone al fin a salvo de la tormenta emotiva.
El pequeño Amadeo, que ganó fama de insustancial y zalamero gracias al capullo de Milos Forman, tenía en sí una exultante alegría y gozo por la vida, lo demuestra en muchas de sus obras. Había algo más en su carácter que se intuye en el tinte trágico del Réquiem que grita, canta, lamenta y aúlla por lo jodido que es morirse cuando aún deberías vivir cincuenta años más. El Mozart del Réquiem se desahoga de todos sentimientos encontrados que debe producir la muerte cercana e intuida.
Nunca sonaremos como el coro del teatro Mariinski pero nos lo hemos trabajado. Eso produce una sensación satisfecha por el trabajo bien hecho.
En este final, ¿brillante?, se diluye el trabajo de quien todo lo teje por detrás. Aquí hemos hecho un jersey de vivos colores con un remate de ganchillo vistosísimo. Manolo y Pilar son las agujas de tejer, las largas, las que hacen lo grande del jersey. Nuestra Virginia hace los remates, las puntillas, transforma los cachos tejidos que son los que nos abrigan en algo bonito, digno de una boutique de la Gran Vía.
En fin, la cosa del trabajo colectivo, que tiene un gran intríngulis. En estos momentos me siento como una vuelta del derecho de color azul ultramar.
Los comentarios maléficos vendrán en otro capítulo.