¡ Que vienen los rusos !
Me encuentro, camino del auditorio y caminando bajo la lluvia (está lloviendo en Murcia) a mi hermanico mayor y a su señora, muy aficionados a lo musical. En la puerta del mismo, allá a lo lejos, a Pilar (la directora de mi coro), que estoy segura ha venido a captar la esencia de un coro ruso, y a su señor esposo.
Es el estreno de nuestro abono sinfónico y estamos contentos, como niños con zapatos nuevos.
Gustav Mahler -
Sinfonía nº 2 en do menor, “Resurrección”
Orquesta y Coro del Teatro Mariinsky de San Petersburgo
Valery Gergiev, director
http://www.balletandopera.com/?play_theatre=5
http://es.wikipedia.org/wiki/Teatro_Mariinsky
http://www.soloarquitectura.com/proyectos/perrault_teatromariinsky.html
Pasados diez minutos del comienzo sabía que me he equivocado al no haber oído nunca la pieza que allí se ejecutaba. Cuando estaba terminando la obra deduje que es una estupidez oír una obra como esta en un aparato de música, siempre tendrás la tentación de bajar el volumen para que no se te muera del susto en uno de los fortísimos súbitos.La obra no es fácil de seguir ya que la configuración melódica basada en la repetición pasó a segundo plano. En algunos momentos escuchamos música extraterrestre cuando los instrumentos se diluyen y flotan gracias al contraste del gong y las arpas. Quedamos extrañados cuando en la lejanía se oyen trompas e instrumentos fuera de nuestra vista. Es la primera vez que veo tocar con la parte posterior del arco de los contrabajos: al legno, creo que se llama esa forma de ejecutar. Mahler quiso poner en música sus reflexiones sobre la muerte y lo hace sin pesadumbre ni amargura quizá llevado por la esperanza de la Resurrección.
El auditorio abarrotado, hasta la bandera, digno es de mención el silencio y la disciplina del público que se ha tragado millones de toses y carraspeos, aunque aún hay quien lleva los caramelos sin pelar.
¿Cuándo se va a registrar a los golosos para quitarles tamaña arma sonora?
Abarrotado de músicos: 94 contados, incluyendo un grupo de percusión lucido aunque no espectacular. En algún momento he tenido la sensación del que el del triángulo entraba fuera de tempo, pero puede ser es, una impresión mía.
Abarrotado de coro: 74 recios rusos ordenadamente colocados de pie en el fondo del escenario. Aún siento el hacinamiento. Han esperado pacientemente hasta romper como un bloque compacto y único después de estar cuarenta minutos de pie sin mover una ceja, sin bailotear sobre sus pies, sin muestra de impaciencia y sin mediar palabra. La trabazón entre todos ellos en los pianos ha sido impresionante. ¡Guau!
Este coro no tiene nada que ver con un coro español. Hay algo, escuela, cualidades físicas, disciplina o formación que le da un toque característico de calidez extrema. Es que son rusos, en resumen.
¿Será consecuencia del frío siberiano (hay que compactarse para entrar en calor) o de 50 años de disciplina comunitaria, ejem, comunista bajo la mirada de la KGB que lanzaba a Siberia al que hacía un fallo (aunque diese gusto escucharlo)?
Completico de solistas: Zlata Bulycheva, una contralto eficaz y fría junto a Olga Kondina una soprano divina de la muerte (perdón por la tópica expresión pero ha sido la responsable junto con ese coro insinuante de la lagrimita que se me ha escapado) han hecho realidad maravillos sus frases.
Valery Gergiev, el director, no necesita la tarima, no usa batuta. Mueve las manos con elegancia, se crece en los crescendos, extiende el gesto y reclama la energía Mahler volcó en su obra.
Merecieron la gustosa ovación que el público les dio durante más de cinco minutos.
http://www.deccaclassics.com/artists/gergiev/
http://en.wikipedia.org/wiki/Valery_Gergiev
El público ha intentado conseguir, y lo ha conseguido, el silencio absoluto en algunos momentos, el director nos condujo al silencio igual que llevó a la orquesta hasta un hilico de música. A pesar de eso, se constata que la humanidad amontonada produce un crepitar mínimo y presente en todo momento.No estaría de más que el auditorio revisara el estado de algunas butacas. Hay personas que pasan un mal rato en un asiento que cruje en medio del silencio de la sala.
¿Nos gustó? Yo diría que sí. Los comentarios entre el público asistente era de cierto entusiasmo (la gente del ciclo sinfónico es poco expresiva a no ser para recriminar a alguien que hace ruido).
Esta vez no había berenjenas en “Los pequeños”, nos conformamos con un plato de sangre y unas pulgas: ¡Menú con reminiscencias draculínicas, no culinarias¡