Ensayos Mozart

Viendo lo ilustrado de las páginas de mi libreto del Réquiem podríase pensar que me aburro en los ensayos. Cierto o no, con el tiempo y la mucha experiencia diez años de ensayo dan para mucho- he buscado la forma de entretener los espacios en vacío que sufrimos. En vacío y en silencio. Podríamos, mientras el director organiza y pone en solfa a las otras cuerdas, charlar animosamente. Pero la música casa mal con los murmullos, los españoles tenemos tendencia a alzar la voz y lo que empezó piano terminará en un fortísimo, lo cual está muy mal visto ya que implica que andas distraído, saltas por encima de la autoridad y/o el encanto del director y lo que llevas entre manos te importa menos que una semifusa.
Hablar no está bien visto pero debería estar mal oído ya que las palabras no se ven más bien se oyen.
Garabatear en los márgenes de la partitura está en mi naturaleza, me sale, me brota espontáneamente. Es buen hábito del coralista llevar un lapicito para anotar sugerencias e indicaciones del director. El lápiz en la mano se sumó al hábito de garabatear sobre papeles cuando uno anda reunido.
En tiempos remotos, cuando yo andaba reunida con las monjas del colegio de la Sagrada Familia en Molinica del Señor, se produjo el encuentro entre el lápiz y yo, fue un “encantado de conocerte” de lo más sincero una amistad que aún dura.
El lápiz en este trance nunca se está quieto: no hay borrón, garabato o raya torcida que se le resista. Su espíritu creador de líneas con o sin sentido se desparrama. El lápiz es un ser autónomo que crea y me sorprende. El resultado más lucido de los últimos tiempos está en los márgenes del Réquiem de Mozart.
Estoy casi convencida que esta costumbre tan establecida se llama “hábito” porque la aprendí entre monjas: Sor Matilde, Sor Elidiodora, Sor María del Pino y Sor Felisa.