Es una máquina jugando al fútbol
Victor es pequeño para los diez años que tiene. Sonríe y enseña sus dientes nuevos, perfectos y blanquísimos. Relucen sus dientes. No he conseguido mirarle a los ojos porque se le escapan en la cara, saltan de un sitio a otro buscando un sitio donde fijarse en una clase donde todo es nuevo; creo que para él todo lo de este mundo está por estrenar.
Hasta hace dos meses vivía en un orfanato de Etiopía. Habla poquito español, está aprendiendo. Los críos dicen que es una máquina jugando al fútbol. Eso es lo que yo llamo entrar con buen pie.
Pasa una mañana tranquila usando el material escolar que le he dado, enseñando a su compañero Jorge todo lo que ha hecho. Bosteza de cuando en cuando, o ha dormido poco o la retahila constante de palabras se le transforma en un run run que lo adormece. Le hablas y se vuelca, escribe sobre el papel todo lo que le pides, cosas facilitas, es evidente que quiere demostrar cuánto sabe y cuánto está dispuesto a aprender. Dan ganas de abrazarlo.
Las paletas de los críos de mi clase son pequeñas joyas que brillan grandes en comparación con el resto de su cara pequeña. Entiéndase como paletas, los dientes más grandes de la boca, incisivos superiores, que han sustituido hace poco a los dientes de leche.