Días de lana
Siempre me ha gustado tejer algo físico, tramado de hilos. Aquí no hay ni la más leve metáfora. Lo he visto crecer poco a poco, y cuando no me ha gustado he tirado del hilo y he vuelto a empezar.
Mi primera relación con el tejido fue bastante abrupta. Mi madre intentó, bajo el principio de “la vuelta (del derecho y del revés) con sangre entra”, enseñarme a tejer. No lo consiguió pero me dio tantos golpes sobre la pierna derecha, un golpe a cada equivocación, que consiguió que la lección no se me olvidara. Dos tardes más tarde, valga la redundancia, y espontáneamente tejí mi primera fila de puntos. Y hasta ahora.
Jugar con hilos me gusta y también tejer con palabras, también. Incluso algunas veces he usado el tema de los hilos y la costura como motivo de un bodegón. ¡Qué tiempos aquellos, cuando tiraba de pincel!
Los hilos y los tejidos tienen algo absorbente que nos concentra sobre ellos dejando la cabeza en blanco. Durante años, en el colegio de las monjas, hasta los diez años estuve allí, se cosía todas las tardes un trapo eterno con un muestrario de puntos posibles.
Como maestra he podido comprobar, que una vez salvadas las reticencias de los alumnos, son embebidos por la costura y se vuelven mudos. Un milagro.
Hice este dibujo en el talgo a Madrid, inicio solo del viaje del verano a Budapest y Praga. El retoque con el fotosoft no ha quedado muy digno. Incluso había una oveja que he borrado; una supuesta metáfora de las ideas origen del tejido. ¡Qué denso!
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