Otra vez Semana Santa. La gente se lanza a la calle, unos para mostrar el indefinible sentimiento religioso, otros para ver. Dejo pasar estos eventos. En mi cabeza atea no cabe la idea de dios. Después de la vida, adiós, muy buenas. Descanso.
Analicemos: lo religioso busca prorrogar la vida. ¿Por qué ? ¿Para qué? Está claro que el mundo está lleno de personas imaginativas y confiadas que esperan algo mejor una vez superada la vida. ¡Oigan, caballeros, señoras, niños, niñas… ! ¿Por qué no aprovechan lo que tiene delante?
Pero nada es tan sencillo, ni tan profundo. La tendencia a caminar juntos, ordenados, detrás de símbolos tiene mucho que ver con la naturaleza humana. Parece instintivo el hacer piña, grupo, enjambre, racimo, rebaño, asentando los cimientos en un grupo porque solos en nuestra individualidad, eso, nos sentimos muy solos. Lo instintivo es lo que más nos aproxima al reino animal. Estar solo da más miedo que la propia muerte, pero reconózcanme que nacemos y nos morimos solos. La tendencia borreguera se muestra en muchos actos humanos, procesiones, manifestaciones, las masas en conciertos, modas, espectáculos, campanadas fin de año… siguiendo un himno y una bandera o muchas.
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La masa segrega un líquido, algo con textura de aceite ideológico que enmascara la naturaleza única de cada individuo, ya no eres tú, eres otro, o simplemente no eres, te entregas a las condiciones del grupo y no piensas, cosa que, mirada objetivamente, es de una comodidad trascendente y universal. La capacidad de pensamiento entra en suspensión temporal y te mueves por mero instinto, dejas de ser persona y aflora lo más básico del ser. ¿Te animalizas?
La religión, que es la expresión más fina de esta singular característica de los humanos, para llevarte a fin ultraterreno: el cielo, el infierno (ya no pongo el limbo porque lo cerraron hace unos años) te pide que renuncies a ti mismo a cambio del consuelo final. Los sindicatos te ofrecen una vida mejor al luchar por tus derechos (ni se les ocurre pensar en obligaciones); las tendencias de moda ofrecen bienestar a través de la satisfacción estética; los clubes de fútbol dan felicidad recreándose en lo sencillo: serás feliz si los tuyos meten una bola en la portería, podrás derretirte de admiración por el sujeto que hace tamaña hazaña. ¿ es admirable la capacidad de un tipo para meter una pelota entre las piernas de un tío? ¡Vamos, hombre! ¿Es que estamos tontos?
Volviendo a lo religioso, digo yo: ¿dónde están las pruebas de que las parcelas del cielo y el infierno están ahí, son palpables? ¿Quién tiene las escrituras de la urbanización postmortem que nos prometen ? ¿Están en poder del papa, de los popes ortodoxos, los curas, los imanes, rabinos, brujos, gurús, chamanes,? ¿Dónde está la demostración palpable de que el dios católico es el único, verdadero y entero y no es otro? ¿Te podrías equivocar en tu elección religiosa? ¿deberías practicar una religión distinta cada día del año para garantizarte un trocico del paraíso o del infierno? ¡Ay, señor, señor! ¡Qué pedazo de duda¡
Y ya, mirando mi ombligo ¿Quién necesita ser confortado una vez muerto si ya no sientes ni padeces… gracias a dios?

A pesar de todo lo dicho, si salgo a la calle y me encuentro una procesión, sin entender por qué la gente para comunicarse con su dios necesita vestirse como un fantoche, arrastrar unas imágenes, ponerle música, respeto su necesidad, no les tiro piedras, ni siquiera me río, cada cual entretiene sus ocios según sus necesidades.
Casi segura estoy que, en los años que me quedan de vida, yo cambiaré de opinión y me lanzaré a lo procesional, a la manifestación sindical, seguir las tendencias de moda o discutir de fútbol cuando, como diría mi cuñada Cinta, San Juan baje el dedo.